Nunca jamás (Harriet Blue 1) 104
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Me descolgué por el poste y avancé a trompicones por la arena, obligándome a pronunciar su nombre. No vi venir a Gabe hasta que su cuerpo chocó con el mío y me tumbó; luego me cogió en brazos y me sacó de allí cargándome como si fuera una cría.

—¡No, no, no! —grité—. ¡Whitt! ¡Whitt!

¿Era mi compañero el que estaba tirado en la arena o era mi hermano? Un hombre joven, abatido, despatarrado, sangrando. Un hombre al que apreciaba, al que era mi deber proteger, que me necesitaba. Arañé el aire, forcejeé, quise zafarme.

—¡Por favor, por favor, tengo que salvarlo!

—Vas a conseguir que te maten —protestó, dejándome en el suelo. Pero no se detuvo ahí y, pasándome por los hombros un brazo que era como la botavara de un velero, me llevó hacia delante con una fuerza asombrosa—. No te lo voy a permitir.

Me empujó dentro de la sala de descanso.

Esa atmósfera fría producto de las luces fluorescentes.

Avancé dando tumbos y me desplomé en el sofá, delante del enorme televisor.

En la pantalla me pareció que había un videojuego pausado.

Me agarré al sofá, me giré, intenté levantarme.

¿Y mi pistola? ¿Se me había caído? Debía encontrar al francotirador, abatirlo, salvar a mi compañero, a mi hermano. Salvar a todo el mundo.

—No te muevas de aquí —me dijo Gabe desde el umbral de la puerta mientras los mineros pasaban corriendo por su lado en plena noche—. Ha cesado el tiroteo. Voy a ver qué pasa.

Me costaba respirar. Paseé la vista por las paredes.

Un póster inmenso de una chica desnuda, tumbada de lado, con una pierna levantada y la melena cayéndole en cascada por la muñeca.

Su imagen marcaba la zona del sofá, el televisor y la consola de videojuegos como zona exclusivamente masculina.

Junto al póster de la chica, habían pegado con celo dos hojas de un cuaderno y garabateado en ellas palabras al lado de una columna de números; las cifras estaban tachadas, habían escrito encima y después las habían rodeado con un círculo en señal de victoria.

Leí los nombres entre aterrada y aturdida: SargentoMuerte, AsDelTiro99, QueVayanCayendo, CazadorDeHajjis71, LaVenganzaEsMía...

Me recoloqué en el sofá y, sin querer, aplasté con la mano un estuche de plástico que se rajó.

En la tapa había dos soldados agazapados en una trinchera embarrada mientras una nube en forma de champiñón se elevaba en el horizonte quemado por el sol.

— Deber y honor III —leí en voz alta y, con dedos temblorosos, le di la vuelta al estuche.

Confundida, ojeé la descripción del juego y giré el estuche para ver las imágenes de la parte inferior: un paisaje desértico, detrás del primer plano se podía intuir a un personaje sosteniendo la pistola.

El dibujo de la señal de la mira telescópica apuntando sobre hombres barbudos.

Mujeres con túnicas negras que llevaban en brazos criaturas y que corrían para ponerse a salvo en una especie de mercado virtual...

Abrí furiosa el estuche y encontré un cuadernillo en papel satinado y grapado.

Más imágenes similares: hombres barbudos con las bocas muy abiertas, gotas de sangre salpicando la pantalla mientras los disparos hacían caer a las víctimas entre convulsiones.

Por todas partes, eslóganes escritos con salpicaduras de sangre del enemigo: «protege la base».

«extermina a los terroristas». «lucha por tu honor»...

—«La guerra es un juego —leí impresionada— y la única forma de ganarla es ser fuerte, física, mental y estratégicamente. En Deber y honor III , no solo te enfrentarás a enemigos en el desierto de Afganistán, las llanuras heladas de Rusia y las junglas de África, ¡sino también en tu propia unidad!».

Las manos que levantaron el mando del sofá eran como de plomo.

Tuve que controlar el temblor, apretar fuerte los botones para desplazarme por el menú de la pantalla.

Accedí al panel de clasificación del juego, donde, junto a un listado de nombres, estaba la figura de un soldado fornido con gafas de sol y los brazos cruzados sobre su enorme pecho.

En la lista figuraban todos los jugadores del listado que estaba en la pared.

El SargentoMuerte encabezaba la clasificación con un registro de bajas que lo distanciaba de los otros en varios dígitos.

Abrí el perfil y vi una foto de Gabe hecha con una cámara web.

De pronto lo tenía encima, con sus manos enormes en mis brazos, levantándome del sofá.

—Nos tenemos que ir, Harry —dijo, empujándome hacia la puerta—. Seguiremos a Whitt en la ambulancia hasta el pueblo.

Abandoné a trompicones la sala de descanso en dirección a la furgoneta, con el brazo de Gabe sobre mi hombro.

Aún llevaba en la mano el cuadernillo del juego.

No podía dejar de mirarlo: «Sigue la trayectoria de tu jugador personalizado durante la instrucción y hasta el campo de batalla.

Sirve a tu comandante en una serie de misiones difíciles y gana puntos para subir de rango.

¡Lleva a cabo misiones en las que podrás acosar, perseguir y atormentar a enemigos realistas!

¡Asciende a comandante y lidera tu equipo!

¡Nunca has vivido la guerra tan de cerca! ».

Gabe me metió en la furgoneta, subió y empezó a conducir. Me agarré al borde de la ventanilla y, al pasar por la valla, vi a los periodistas recogiendo sus cosas. Salimos del campamento antes de que pudiera decir una sola palabra de protesta.