Nunca jamás (Harriet Blue 1) 101
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Por un segundo, pensé que había sido mi bala la que había abatido a Linbacher.

Yo había apretado el gatillo, pero no del todo, no había notado el retroceso del arma en los dedos.

Tampoco había habido estallido ni destello alguno en el arma de Whitt.

Se oyó un silbido, un ZAS y a Linbacher le reventaron la cabeza.

El hombre se derrumbó sobre la malla de hierro de la base de la plataforma con la mitad del cráneo destrozado. Noté que la sangre, como si fuera un chorro de spray, me salpicaba la cara, los dedos y la camiseta.

—¡Ay, Dios! —dijo Whitt en voz baja. El viento se arremolinó aullando a nuestro alrededor—. Joder, no era él.

—¿Qué? —contesté, vapuleada por el aire, sin entender lo que pasaba.

Una explosión, un montón de chispas amarillas por encima de nosotros. Creí que se trataba de algún problema eléctrico de la grúa. Otra detonación y una segunda bala que reventó la lámpara de lo alto de la tercera plataforma. Nos tiramos al suelo cubierto de sangre.

—¡No era él! —se lamentaba Whitt—. ¡No era él!

Se me revolvió el estómago, no por los sesos de Linbacher sobre los que estaba tirada, sino por la súbita constatación de que nos encontrábamos allí arriba, a cientos de metros de altura, y que el muerto que teníamos al lado no era el asesino.

Una lluvia de disparos nos pasó silbando por encima y estalló en la barandilla, en los puntales de acero que teníamos sobre la cabeza y en lo alto de la escalerilla.

El asesino ya no se andaba con jueguecitos.

A través de la malla de hierro pude ver a la gente correr, ponerse a cubierto.

Un grito. El ruido de un motor arrancando y de un coche que salía disparado, quemando rueda.

—¡Estamos atrapados! —grité. No paraban de llovernos disparos—. ¡¡Estamos atrapados!!

—Que no cunda el pánico —me dijo Whitt, agarrándome la mano. La malla del suelo le había hecho una marca de rombos de sangre en la mejilla—. Si pudiera liquidarnos, ya lo habría hecho. Se moverá para tenernos más a tiro y, cuando lo haga, nos largamos.

—No era él —tartamudeé; el miedo me abrasaba la garganta—. Estábamos equivocados. ¡Estábamos equivocados!

—Luego hacemos autocrítica de nuestras cagadas —espetó Whitt, y se pegó al suelo al ver rebotar una bala en la barandilla de detrás—. Ahora hay que centrarse en bajar de aquí con vida.