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Linbacher fue rápido. Por eso había llegado a teniente: decidía rápido, actuaba rápido y jamás se equivocaba.
Con una mano hizo ademán de coger el arma y los distrajo y, con la otra, se sacó del bolsillo un puñado de arena que se había guardado antes de subir a la grúa.
El viento era perfecto; le bastó con un leve balanceo del brazo.
La arena salió disparada de sus dedos y fue directa a los ojos de sus adversarios.
Los inspectores se llevaron las manos a la cara. Él agarró el arma y la amartilló.
Fue su última actuación en la Tierra. La bala que lo alcanzó apagó las luces de su mundo frío y destrozado por la guerra.