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Linbacher asomó la cabeza por encima de la tercera escalerilla e inspeccionó la plataforma, la barandilla de un metro de altura que bordeaba el espacio de cinco metros cuadrados.
No había nadie allí. Los intrusos debían haber seguido subiendo.
Sí, oía sus pasos. Dejó el rifle en el suelo, se impulsó y, ya arriba, se dispuso a agarrar el arma por la culata mientras se erguía.
—Ni se te ocurra cogerlo —dijo alguien.
Linbacher se detuvo, con los dedos a escasa distancia del acero negro, y levantó la vista.
Allí estaban: dos figuras delgadas, pero fuertes, vestidas de negro, apuntándolo con pistolas.
No se movió. No insistió en intentar coger el arma ni terminó de erguirse.
Le llevó unos segundos muy valiosos sopesar la situación y, en esos segundos imprescindibles, empezaron a temblarle otra vez los dedos.
La silueta que estaba más cerca se quitó de golpe el pasamontañas y lo tiró al suelo.
—No soy uno de esos putos jipis —espetó—. Yo sí te voy a pegar un tiro.
Linbacher se incorporó. La mujer iba íntegramente vestida de negro como uno de esos delincuentes sigilosos que asaltan viviendas por la noche.
Supo que era una traidora desde la primera vez que la había visto.
Su compañero, el mariquita ese, se quitó también el pasamontañas y agarró más fuerte la pistola.
—Casi te escapas —le soltó la inspectora Blue—. Joder, tío, pensaba que no te íbamos a pillar en la vida.
—Pero ¿qué estás diciendo, zorra estúpida? —le replicó Linbacher, sorprendido del desprecio de su propia voz. «Contrólate, teniente».
—No tienes antecedentes penales como civil —respondió Harriet—.
Jamás te han puesto ni una multa de tráfico.
Hasta tu hoja de servicio militar es impecable.
Hemos tenido que hurgar en tu expediente médico para descubrir lo que hiciste en Afganistán.
Según los informes, por la experiencia traumática que tuviste en un pueblo concreto, a las afueras de Yemen, ya no pudiste seguir sirviendo.
Pero lo que pasó allí... Eso no lo supimos hasta que investigamos tu historial psiquiátrico.
Supongo que el mando ocultó todos esos datos, ¿no?
Las cosas que hiciste allí. —Linbacher resopló con desdén.
No le salían las palabras. Era tal la rabia que sentía que casi rayaba en la tristeza.
Todo aquello era absurdo, pueril—. El pueblo era tan pequeño que ni siquiera tenía nombre —continuó la inspectora Blue—.
Cuarenta y ocho almas. Te ordenaron limpiar la localidad de terroristas, pero, al cabo de un tiempo, todos te parecían terroristas, ¿verdad?
Los metiste a todos en la fosa. Les pediste que te dieran la espalda para no verles la cara.
Linbacher dio un paso hacia su rifle.
—No —le advirtió Whittacker, siguiendo con la pistola los movimientos del otro—. Ni se te ocurra.
—Le contaste al psiquiatra que sueñas con ellos. Les ves la nuca. Te aterran sus rostros. En tus sueños, empiezan a darse la vuelta. Te despiertas gritando.
—Sois un par de mierdecillas y me dais pena —contestó Linbacher—. ¿Crees que no podría haberos matado ya si quisiera? Me apetece que me sigas contando esa gilipollez sobre mi vida. ¡Adelante! Continua.
—Nunca sales de aquí —dijo la inspectora Blue—.
Aunque te den permiso, sigues en el desierto.
Tu cabeza permanece aquí, porque es aquí donde estás a gusto.
Las colinas de arena. Los enemigos que se esconden en ellas.
Le echas imaginación y los tienes a todos ahí, a tus víctimas.
—Linbacher había empezado a temblar—. Una de las chicas de EarthSoldiers nos contó que alguien del campamento le había escupido, igual que me has escupido tú a mí esta tarde.
Piensa que la llamaste harshee , pero fue hajji , que es como llaman los musulmanes a quienes han peregrinado a La Meca.
Los soldados de la Coalición internacional tenían muchos insultos para los habitantes de la zona, pero hajji era el más corriente, ¿verdad?
Linbacher meneó la cabeza asqueado.
—Este sitio es perfecto para ti —dijo la inspectora Blue señalando con la cabeza el campamento, las luces de abajo—.
Te ha resultado muy fácil imaginar que la mina era tu base.
A fin de cuentas, eres el jefe de seguridad.
Mantienes a salvo a los mineros y te quitas de en medio a los hajji .
Liquidas a los ocupantes del campamento que ponen en peligro la seguridad del resto: a Hon por permitir que los de EarthSoldiers asaltaran los almacenes de comida; a Danny, por fraternizar con ellos, y a Tori por trapichear con algunos; a Amy, por ponerse de nuestra parte y en tu contra.
—¡Qué ciega estás! —espetó Linbacher con desprecio—. ¡Ciega de cojones!
—Lenny y Mick no fueron más que una práctica de tiro, ¿verdad? —continuó Harriet—. Para afinar tus aptitudes, completar tu instrucción. Tu objetivo es proteger este sitio, ¿verdad, Aaron? Es lo único que te queda.
—Tienes razón. —El rostro de aquel hombre ya mayor se arrugó y asomó a sus labios una sonrisa discreta—. Esto es lo único que me queda. Y no voy a permitir que me lo arrebatéis.