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Whitt y yo llegamos al pie de la inmensa grúa, corriendo tan deprisa por el campamento que casi nos empotramos el uno en el otro al detenernos.
Por encima de nosotros, catorce pisos de andamios de color rojo oscuro se extendían hacia el cielo negro; la estructura crujía y bostezaba, la sonata monstruosa de una bestia tremendamente grande.
El pasamontañas que me habían prestado los de EarthSoldiers me picaba en la frente y las mejillas.
No hacía tiempo de lana recia. Me agarré al primer peldaño con los guantes acolchados y me volví a mirar la figura enmascarada de mi compañero.
—¿Crees que habrá mordido el anzuelo? —pregunté resoplando—. ¿Lo esperamos?
—Sube —me contestó, empujándome por la espalda—. Ya vendrá.
Subí estremecida la primera escalerilla, intentando razonar con el pánico que me encogía el pecho.
Como no dejara de temblar y jadear, me iba a caer y, si me caía, me llevaría por delante a mi compañero.
Cuando sobrepasamos la altura de los barracones, eché un vistazo al campamento.
La distancia al suelo ya era aterradora.
Cruzamos a toda prisa la primera plataforma y saltamos a la segunda escalerilla, Whitt delante de mí esta vez.
Lo de usar la grúa había sido idea suya, para alejarlo de los mineros, de sus víctimas, pero no en el desierto, que sabíamos que era su coto de caza, sino en el aire, en el interior de nuestra jaula.
Nos detuvimos al pie de la tercera escalerilla y oímos el crujido y el chasquido de la gigantesca estructura. Unos pasos sigilosos, en la primera plataforma. Un escalofrío me estalló en el pecho y me recorrió entera hasta el cuero cabelludo. Alargué el brazo y empujé a Whitt por los pies.
—Sube, sube —le susurré—, que viene.