Nunca jamás (Harriet Blue 1) 97
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Por las persianas de la ventana de su barracón, Aaron Linbacher observaba a los periodistas pegados a la valla.

Las lámparas enormes que llevaban parecían las antorchas de una turba a la caza de un monstruo y la luz proyectaba sombras en la arena del interior del recinto.

Bebió un sorbo del café que se había preparado en su cafetera personal y, con los ojos entornados, escudriñó a dos activistas de EarthSoldiers que se acercaban a los medios y empezaban a hablar con dos cámaras.

—Terroristas —espetó con desdén. Notó que se le tensaban los músculos de los hombros alrededor de viejas heridas, ríos de dolor que ya conocía bien y que recorrían como calambres sus nervios crispados. Ya se le habían empezado a contraer los dedos—. Insurgentes. Ratas.

Los medios se apelotonaron en torno a la parejita de activistas y las luces doradas iluminaron sus rasgos juveniles.

Linbacher estaba en Afganistán, en misión especial, cuando aquellos aviones se estrellaron contra las torres.

Recordaba a la gente gritando por la noche, corriendo hacia las mezquitas, y el suave resonar de aquellos pasos apresurados en la tierra, el principio de lo que terminaría siendo una sinfonía bélica infernal.

Una sirena que todavía seguía oyendo en los momentos de mayor quietud, aun en sueños.

Antes de los ataques, recordaba el avance sigiloso del peligro en las calles, el ascenso de los traidores y de los hombres de mal corazón, los casos de rebelión en apariencia inconexos.

Después de eso, había reporteros gráficos.

Rostros horrorizados de mujeres y niñas, corriendo, disparando, y caras alumbradas con una luz dorada en las esquinas de las calles, mirando a los aviones surcar el cielo en silencio.

Linbacher había aprendido a identificar las señales.

Hasta había intentado convencer a la gente, a los ciegos, pero nunca le hacían caso.

Era demasiado mayor y, peor aún, su experiencia bélica personal lo excluía de opinar al respecto.

¡Fíjate tú! La gente había decidido en algún momento que los que resultaban menos fiables a la hora de hablar de la guerra eran los que habían estado en ella.

Los que habían estado sobre el terreno, sacudidos por las explosiones, perforados por la metralla, cara a cara con los terroristas, tanto los de barba morena como los de cara de niño.

Y todo aquel horror los había marcado. No había forma de que sacaran la cabeza de la polvareda y vieran lo que estaba pasando en realidad.

El sutil movimiento de piezas de ajedrez en un tablero inmenso y atestado.

No, los soldados solo eran peones. No sabían cómo funcionaban las cosas.

—Chorradas —gruñó y apretó el puño temblón—. Cho-rra-das.

Precisamente porque había estado allí, porque había olido la pólvora y visto avanzar las sombras de noche, sabía que iba a ocurrir de nuevo.

Había que estar atento a los detalles. Los terroristas con carita de niños estaban en la tele, en los periódicos, en los trenes y en las tiendas.

Cientos de ellos. De pronto, los insurgentes no eran hombres de barba morena, sino ancianas de pelo blanco.

Su coto de caza se extendía a las universidades, las cafeterías, los bosques de Tasmania.

Se disfrazaban ellos y disfrazaban su causa.

Ahora era el feminismo, el capitalismo, el medio ambiente.

Mañana la gente gritaría y caerían las torres.

Aaron estaba preparado. Si nadie más quería acompañarlo, le daba igual. Hacía mucho que vivía solo en medio de la gente. Seguiría estando solo cuando hubiera desaparecido todo el mundo.

—Terroristas —se sorprendió mascullando, y llevó la taza de café a la pequeña cocina que había junto a la ventana del fondo del barracón—. Avanzan, avanzan y avanzan con cautela.

Al levantar la vista y casi como si las hubiera invocado con sus palabras, Linbacher vio dos figuras de negro que se colaban entre los camiones por detrás de su barracón y se detenían junto al parachoques de una furgoneta blanca aparcada en la esquina.

Aguardaban algo, probablemente una señal; luego salieron de nuevo como balas hacia la oscuridad de la noche. Dos activistas de EarthSoldiers.

Dejó la taza en la pila y corrió a la puerta.