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Cortó el aire un alarido tan agudo y estridente que, del sobresalto, casi aprieto el gatillo.
Me giré y vi a Whitt apuntándome con su pistola.
Guardé la mía y corrí hacia el lugar de donde venía el grito; mi compañero me siguió.
Los mineros que habían estado presenciando mi enfrentamiento con Linebacker desde las esquinas de los barracones se pusieron a cubierto enseguida.
La agente Doyle gritaba arrodillada en la arena entre dos camiones, llevaba vaqueros y una camiseta manchada por el sudor.
La agente Shae estaba tirada bocabajo y de la coronilla le sobresalía, a modo de antena de radio, el mango de lo que debía de ser un cuchillo grande.
No había sangre, pero, al aproximarme, pude ver que estaba muerta: se había quedado blanca como el papel y tenía las manos contraídas y retorcidas como las de alguien con parálisis cerebral.
La agente Beckett yacía de lado a los pies de Shae.
Me acerqué enseguida. Su muerte no había sido inmediata.
Al parecer, la habían estrangulado a garrote y ella se había resistido en silencio mientras el cable se le clavaba en la piel hasta aplastarle la tráquea.
Seguí con la vista el ribete de un rojo furioso por detrás de las orejas hasta la parte posterior del cráneo.
Estaba arrodillada, quizá, y el asesino había tirado hacia arriba, apoyándosela en su propio cuerpo; o de pie y él colgado de más arriba.
Estudié el techo de los camiones que teníamos a ambos lados.
Había abolladuras y arañazos por encima de Beckett, en las zonas que había pateado desesperada.
Por la lividez de ambas mujeres, las ronchas de color púrpura que indicaban los puntos en que el cuerpo había estado en contacto con la arena, deduje que llevaban muertas tres horas, quizá cuatro.
No mucho después de que nos encerraran a Whitt y a mí.
Todo ese tiempo habían tardado en encontrarlas, o en decidirse a informar del hallazgo. Había montones de pisadas en la arena alrededor de los cadáveres. Seguramente los mineros que las habían visto habían preferido no dar la voz de alarma por miedo a convertirse en sospechosos.
Whitt, que estaba allí cerca, no sabía bien adónde mirar.
Al final, agarró a la agente llorosa y se la llevó.
Al fondo de los callejones formados por los camiones, empezaron a asomar los mineros, intrigados, pasmados o desconcertados.
Se acercaban a verlo, salían corriendo y dejaban sitio a otros.
Me senté en la arena, entre las dos agentes muertas, y los observé.
—¡Venid a echar un vistazo! —espeté—. ¡Claro! ¡Haced sitio! ¡No os perdáis el espectáculo, putos psicópatas!
Le subí el cuello de la camiseta a Beckett para taparle la cara. En sus últimos segundos de vida, el dolor y el pánico se le habían quedado congelados en el semblante.
Volvió Whitt y se acuclilló a mi lado.
—¿Lo detenemos ya? —se preguntó en voz alta.
—No. —Me froté los ojos—. Mira la lividez.
—Ya. —Se agachó a mirar—. ¿Cuatro horas? ¿Cinco?
—Tiempo de sobra para darse una ducha, deshacerse del garrote, ponerse hielo en la palma de las manos para evitar los hematomas... No quiero detener a ese tío para que lo suelten seis horas después. —Me levanté y contemplé desde arriba a mis compañeras asesinadas—. Tengo un plan.