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Burns nos seguía como un perro faldero, con el viento del desierto azotándole la corbata.
De vez en cuando, refunfuñaba sobre nuestra incompetencia, demandas judiciales y medios de comunicación.
Pasamos de él y cruzamos la mina por el centro con la intención de evitar las cámaras de la prensa, pegadas a la valla.
Por megafonía, seguían llamándonos cada equis minutos, a nosotros y a las dos agentes desaparecidas.
En cuanto había tenido cobertura de los servidores de telefonía móvil e internet de la mina, habían empezado a entrarme montones de notificaciones de mensajes y de llamadas perdidas.
Miré la pantalla mientras avanzábamos. Por una vez, los periodistas no me incordiaban con preguntas sobre Sam.
Casi todos los mensajes eran iguales: redactores desesperados por conseguir algo jugoso antes de las noticias de la noche.
«¡Channel Nine informa de que te dan por desaparecida en la mina!
¡Llámanos!». «Harry Blue, ¿dónde andas? ¿Has vuelto a Sídney?
¡Comenta, porfa!». «Harry, ¿has sido víctima del asesino de la mina?
Si no respondes, ¡daremos por supuesto que sí! Soy Joe, del Enquirer ».
Encontramos a Linebacker junto a su garita, rellenando impresos, con los frunces de la frente oscurecidos por minúsculas partículas de polvo rojo del desierto.
Cuando nos acercábamos, puso un pie en el umbral e inclinó el cuerpo hacia donde tenía apoyada el arma.
Al verme apretar el paso, Whitt alargó la mano y me rozó el hombro.
—Harriet, controla un poco...
De un guantazo, le quité a Linebacker el portapapeles de clip y el bolígrafo que llevaba en la mano y luego lo agarré de la camisa, lo saqué de la garita y lo aparté de mí de un empujón. Cayó al suelo dando tumbos, con la cara casi amoratada de rabia.
—¿Dónde están mis agentes? —aullé.
—¿Eh? Otra vez me quieres endosar tus cagadas, ¿no, politroncha? —me soltó Linebacker, escupiendo a mis pies.
Saqué el arma y le apunté con ella. David Burns, que había venido corriendo detrás de nosotros, empezó a hacer aspavientos como el rehén de una película de acción.
—¡Ay, madre mía! —Miró alrededor, intentando decidir hacia dónde echar a correr—. ¡Madre mía! ¡No le dispare, por favor!
—O me dices dónde están mis agentes, Linbacher, o te pego un tiro.
—¡Esto es abuso de autoridad! —protestó Linebacker señalándome con un dedo lastimado—.
Ahora mismo no soy ninguna amenaza. ¡Socorro!
¡Ayuda! —Retrocedió unos cuantos pasos para ponerse a la vista de la prensa en un estrecho pasillo que había entre los barracones—.
¡Voy desarmado y una policía me está apuntando!
—Te doy cinco segundos —le dije—. Y luego te meto un tiro en la tripa.
—¡Socorro! —llamó Linebacker a la prensa—. ¡Voy desarmado!
—Cinco... —amartillé la pistola.
—¡Harry, joder, baja el arma! —me gritó Whitt.
—Cuatro...
—Harry, ¡no te voy a dejar hacerlo! —Lo oí desenfundar el arma—. ¡Baja la pistola!
—Tres...
—¡Socorro! ¡Que alguien me ayude!
—¡Por favor, no lo hagas!
—Dos...
—¡Harry!
—Uno...