Nunca jamás (Harriet Blue 1) 94
82%

94

La cosa se complicaba, pero eran gajes del combate.

A un soldado se le ponía a prueba de muchas formas distintas: se tanteaba su paciencia, su inteligencia y lo que estaba dispuesto a sacrificar por la continuidad de la campaña.

Si vacilaba o titubeaba, demostraba su ineptitud para el mando, y, como en el caso de un padre, el único objetivo importante del mando era formar a las nuevas generaciones y deshacerse de los alfeñiques.

Al soldado le resultaba más fácil si no lo pensaba, si se limitaba a actuar, con diligencia y vehemencia, cuando se presentaba la ocasión.

Había estado rondando al grupo la noche anterior, escuchando sus cuchicheos, identificándolos a todos.

Conocía sus debilidades. Luego, después de encerrar a la inspectora Harriet Blue y a su compañero en el pozo, había vuelto a la mina a por las dos policías, Beckett y Shae.

Había tenido que posponer la caza de la presa principal de su última misión, lo único que le quedaba por hacer ahora, antes de entrar en la siguiente fase gloriosa de su plan, era liquidar a aquellas dos mujeres.

Iba a ser pan comido, pero sus muertes harían mella en la inspectora Blue.

La defensa de mujeres vulnerables era ahora el objetivo de la inspectora, el propósito de su existencia.

Tumbar a dos de ellas delante de sus narices permitiría al soldado hacer pedazos la confianza ya maltrecha de su adversario. Juego psicológico. Importantísimo.

Con un ataque sorpresa lo conseguiría. No sería necesario atraerlas con camelos. Se las encontró apoyadas en un camión, al fresco del patio, cual centinelas perezosas, riendo en voz baja, una de ellas consultando con mucho interés su móvil.

El soldado había subido con sigilo la escalerilla estrecha de la parte posterior del vehículo y se había detenido al borde para escuchar a sus víctimas, para oler el humo de los cigarrillos.

—¿Te lo imaginas? —decía Beckett—. Te despiertas una mañana, abres el periódico y ¡ZAS! ¡Buenos días! Tu hermano es un puto asesino psicópata.

—No tengo hermanos.

—Pues tu hermana —replicó Beckett dándole un manotazo a su compañera—. Tu novio. Tu madre. Vamos, no me jodas. ¡Sígueme el rollo, coño!

—Un putadón. Pero ¿qué diferencia hay entre eso y pensar que tu marido te quiere y luego enterarte de que tiene como tres esposas más?

—O de que es gay. —Beckett rio como una boba—. Llevas veinte años casada con él, habéis tenido tres criaturas y de pronto te dice que le molan los tíos. ¡Uy, perdona, que se me olvidó comentártelo!

—Supongo que todos pensamos que hay por lo menos un puñado de personas a las que conocemos bien, pero lo cierto es que nadie conoce a nadie.

—Eso es verdad —contestó la otra—. Nadie conoce a nadie. Qué miedo, ¿no?

El soldado se sacó del bolsillo de sus pantalones el alambre de garrote y dejó que el arma improvisada se desenroscara sobre el techo del camión, siguiendo su trenzado natural.

La mitad del cable estaba forrado de un plástico que le protegería las manos, pero no quería arriesgarse y sacó un par de guantes gruesos e hizo un lazo con el cable del ancho de una cabeza.

Reptó hasta el borde del camión y contempló desde arriba a las dos mujeres.

Aquellas melenas rubias y lisas tan perfectas le recordaron a dos angelotes.

Había algo en la coronilla de una cabeza, en su vulnerabilidad, en la facilidad con que un adulto podía acariciar o rodear con las manos la cabeza de un niño cuando pasaba por su lado, a la altura de su cintura...

Por un segundo, tuvo que armarse de valor.

Aquello era la guerra. No procedía pensar en niños.

Bajó el cable con cuidado, de forma que colgara a solo tres o cuatro centímetros por encima de la frente inocente de Beckett.

El lazo se ahuecó y quedó en posición, listo para atraparla.

Sosteniendo ambos extremos del cable con una mano, el soldado se sacó del bolsillo el cuchillo de monte y lo agarró por el extremo del mango.

Estiró el brazo, apuntando con cuidado, y dejó la hoja resplandeciente suspendida como un péndulo sobre la cabeza de Shae.

Cerró los ojos, contó hasta tres y soltó el cuchillo, que descendió en silencio y, sin apenas ruido, se alojó, con el mango fuera, en el cráneo de Shae.

—Blanco perfecto —susurró—. Objetivo abatido.

Beckett aún estaba hablando cuando Shae, que ya no sentía ni veía, cayó de rodillas y se desplomó de bruces en la arena.

El soldado le concedió a Beckett un segundo, no más, para preguntarse qué estaba ocurriendo.

Luego bajó el lazo todo lo rápido que pudo y tiró hacia atrás y hacia arriba, encajando el cable por debajo de la mandíbula de la agente y tensándoselo alrededor del cuello.

Sin soltarlo, se lo enroscó en las manos y apretó aún más fuerte.