Nunca jamás (Harriet Blue 1) 93
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El coche que habíamos tomado prestado de la mina tronaba e iba dando tumbos por las piedras secas de camino al campamento.

Caía la noche, alumbrando el horizonte de rojo sangre y haciendo que columnas de pajarillos del desierto se elevaran de las matas de spinifex hacia las nubes en movimiento.

Whitt iba sentado a mi lado, en el habitáculo apenas iluminado, repasando las llamadas perdidas y los correos electrónicos.

En el campamento, a lo lejos, se veía luz en las puertas, más de la habitual.

La aglomeración de periodistas había crecido.

—Ya tenemos los antecedentes penales de Linebacker —dijo Whitt—. Nada.

—Apuesto a que en su hoja de servicio militar sí hay algo —contesté—. ¿Te ha llegado ya?

—Aún no.

A la puerta del campamento, un enjambre de medios rodeó el coche, mujeres disparatadamente glamurosas con peinados exquisitos sacudidos por los vientos del desierto y blusas de seda pegadas al cuerpo por el sudor.

En cuanto entramos y cerraron, oí resonar los avisos por megafonía: «Harriet Blue y Edward Whittacker, contacten de inmediato con administración.

Valerie Beckett y Julia Shae, contacten de inmediato con administración».

—¿Beckett y Shae? —Miré a Whitt de reojo—. Esas son las...

—Las dos agentes a las que encargamos que vigilaran a Linebacker —se me adelantó, muy serio.

Detuve el vehículo en la franja de tierra de delante de la administración. David Burns salió disparado del edificio justo cuando salíamos del coche y vino derecho a nosotros. Por una vez, parecía alterado y algo estresado. Casi me complació verlo.

—¿Dónde estaban? —espetó—. Han desaparecido dos de sus agentes. Hay otros cuatro ahí dentro al borde de un ataque.

Ni me molesté en contarle lo que nos había ocurrido en el desierto.

Quería saber qué había sido de mis agentes.

Deambulando nerviosos por recepción, estaban cuatro de los agentes de refuerzo que nos habían mandado de Perth, tres hombres y una mujer.

Hellier, uno de los polis, me agarró del brazo en cuanto me tuvo cerca.

—¿Dónde están Beckett y Shae?

Lo dijo tan rápido que me costó entenderlo.

—Ni idea —respondí—. ¿Habéis probado a llamarlas por radio?

—Dejaron de responder a la radio y al móvil hacia mediodía —dijo la mujer, Doyle—. Estaban vigilando a Aaron Linbacher. Hemos hablado con Mitch y Sully, vuelven ahora de Perth. Han ido a llevar a tus acusados de agresión.

—Ya, ya... —Procuré respirar—. ¿Nadie ha visto a Beckett y Shae? ¿No dijeron nada antes de desaparecer?

—Me informaron a mí hacia las once y media —contestó Hellier, sin dejar de moverse—. Como todos. Pensábamos que estabais con los de EarthSoldiers o algo así. Me dijeron que todo iba bien, que vigilaban a Linbacher durante sus rondas. ¿Dónde andabais? Os hemos llamado un montón de veces.

—No tendrían que haberse ido —me espetó David Burns inflando el pecho—. Si le pasa algo a esas agentes, inspectora, la cabeza que va a caer es la suya, no la mía.