Nunca jamás (Harriet Blue 1) 91
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Nos fuimos turnando en lo alto de la escalera para escuchar lo que ocurría al otro lado de la escotilla, en el desierto, y pedir socorro a voces cada cierto tiempo.

Al cabo de una hora, ya estábamos completamente empapados por el sudor.

Los orificios de la tapa nos proporcionaban aire, pero era aire caliente y la condensación no tardó en chorrear por las paredes acanaladas.

De vez en cuando, el viento hacía que nos lloviera arena roja.

Aunque Whitt había perdido toda esperanza, yo estaba convencida de que debía haber alguna forma de salir de allí.

Intenté girar la escotilla, pero parecía cerrada a palanca con alguna pieza que solo se desplazaba unos milímetros.

Encontré un cuchillo en la balda más alta de todas y probé a atacar con él la junta de goma negra, cuyos trozos le iban cayendo encima a mi compañero cada vez más cabreado.

—Esto es lo más tonto que me ha pasado en la vida —dijo, limpiándose el sudor de la cara—. ¿Por qué no nos ha matado sin más?

—¿Porque eso no es divertido? —respondí mientras clavaba el cuchillo en el borde de la escotilla.

Desde que habíamos llegado a Bandya, el asesino había tenido montones de ocasiones de liquidarnos.

Solo se me ocurrían dos razones para que nos hubiera perdonado la vida.

Una: elegía muy bien a sus víctimas y no estaba dispuesto a matar a otra persona que no fuera esa; y dos: Whitt y yo le habíamos complicado la cacería al incluir un par de depredadores más en el campo de batalla y dificultarle la persecución de sus presas.

Recorté toda la junta de goma y descubrí que no afectaba en absoluto al funcionamiento de la escotilla.

Aun así, me produjo una extraña satisfacción saber que Richie y su cuadrilla iban a tener que volver a sellar el pozo.

—Sigamos examinando la relación entre las víctimas —propuse—. Sabemos que no es por que sean de la misma edad ni de la misma raza, pero algo tendrán en común. ¿Dónde trabajaba Danny Stanton?

—En construcción —contestó Whitt—. Al mando de Gabe Carter.

—Hon trabajaba en los almacenes de comida —musité—. Tory y Amy en electricidad, y Lenny y Mick en las excavadoras. O sea, que no es el puesto en la mina lo que los une.

—No. —Whitt se animó, por lo visto contento de poder distraerse con algo—.

No, ese no es el punto de conexión. Hon estaba soltero y buscaba pareja en internet cuando estaba en casa.

Tori tenía novio y Danny una especie de relación con esa chica del pelo púrpura.

Así que tampoco es un triángulo amoroso ni nada de eso.

—Danny y Shamma... —murmuré, recostándome en la escalerilla—.

Danny debía de ir con frecuencia al campamento de EarthSoldiers si conocía a esa chica lo suficiente como para encapricharse de ella.

Amy dijo que Tori iba mucho por allí, con lo que quizá también Amy fuera. Eso ya sería la mitad de las víctimas.

—Y la otra mitad no tenía ninguna relación con los activistas —repuso Whitt—. Hon no fumaba hierba. Era un tío de conducta intachable. Mick y Lenny ya no tenían edad, ¿no?

—Si el asesino eligió a las víctimas a propósito, algo tendrán en común —insistí—. ¿Qué más podía relacionar a todos esos personajes tan dispares? A ver, iban de los diecinueve a los cincuenta años. ¿Qué los pondría en el punto de mira del asesino? ¿Qué actividad los une?

—La minería —contestó Whitt.

Suspiré y me deslicé hasta el fondo del pozo. El silencio se prolongó una hora más, durante la que esperamos, sudamos. De pronto sonó una notificación de correo electrónico en mi móvil y nos sobresaltamos

—¿Te entra el correo? —preguntó Whitt arrebatándome el móvil de las manos—. ¿Por qué no lo has dicho antes?

—¡No sabía que podía recibir correos electrónicos! —Nos peleamos como tontos por el teléfono en la oscuridad—. ¡Devuélvemelo!

Comprobé la cobertura. Nada. ¿Cómo podía haberme entrado un correo?

Le escribí un mensaje directamente a Pops con el asunto «¡urgente!

¡socorro!». Me temblaban los dedos mientras le describía nuestra situación.

Cuando le di al botón de envío, el correo fue directo a la bandeja de salida, y me apareció un mensaje en pantalla.

—«error de red» —leí—. ¿Qué cojones pasa?

—Habrás tenido cobertura uno o dos segundos —dijo Whitt—. Será que ha pasado algún satélite por encima o algo así.

Abrí el correo que había recibido. Era de una periodista.

Me adjuntaba una foto de la portada del Herald .

«Nos encantaría ser los primeros en entrevistarte sobre esto —decía—.

¿Algún comentario? ¡Con uno nos basta!».

La foto era de mi hermano, demacrado, cruzando las puertas de la central de policía.

El titular rezaba: «blue lo confiesa todo».

—¿Algo importante? —preguntó Whitt bostezando.

—No, nada —respondí guardándome el móvil.

Sentada en la oscuridad, oyendo la respiración de mi compañero en lo que posiblemente terminaría siendo mi cámara mortuoria, me pregunté si podía llorar ya.