Nunca jamás (Harriet Blue 1) 90
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Nos quedamos allí pasmados un instante, los dos gritando, chillándole a quien nos hubiera encerrado, chillándonos el uno al otro.

En medio del pánico y de la oscuridad, me vi empujada contra las estanterías que tenía a la espalda y noté que los puntos de la cadera se me tensaban bajo el vendaje.

Las cajas de pastillas cayeron al suelo en cascada.

—¡Joder! —gritó Whitt—. ¡Joder!

—¡Me estás dejando sorda! —le chillé yo.

—¡Y tú a mí!

—Sube —le ordené empujándolo—. ¡Venga!

Whitt subió los tres escalones necesarios para llegar a la escotilla y la empujó fuerte.

Ni se movió. En la absoluta oscuridad, lo oí manipular con los dedos la junta de goma que cerraba herméticamente la boca del pozo.

Mi propia respiración sonaba estrepitosa en aquel espacio tan reducido.

Aunque estábamos bajo tierra y, por lo tanto, más frescos que en el desierto exterior, empezó a sudarme todo el cuerpo.

Apenas había sitio para los dos. Whitt aporreó con el puño la escotilla.

—¡Socorro! ¡Ayuda!

—El que nos haya hecho esto no nos va a ayudar —le espeté—. Si tuviera intención de ayudarnos, no nos habría encerrado aquí.

—¿Tú crees que ha sido él? —preguntó Whitt, bajando a mi lado.

—Probablemente. ¿Quién más nos iba a tener tan vigilados como para saber que estábamos aquí?

—Miré el móvil, pero, claro, no había cobertura.

Whitt hizo lo mismo. Metí la mano por detrás de las cajas de medicinas y aporreé las paredes—.

Me parece que esto es un antiguo depósito de agua, lo que significa que estará sellado. Podríamos morir aquí dentro.

—Me fascina tu optimismo, Harry —me dijo con desdén—. Siempre ves el lado bueno de las cosas, ¿verdad?

Fruncí el ceño en la oscuridad.

—¿Quién es este Edward Whittacker tan borde? No conocía esta faceta tuya. ¿Tienes claustrofobia o qué?

—Igual sí —contestó con un hilo de voz.

—Pues siéntate y tápate los oídos —le pedí, y saqué la pistola—. Esto te ayudará.

Pegué una oreja al hombro, pero no había forma de proteger la otra del estruendo de los disparos que dirigí a la escotilla.

La luz del exterior se coló por dos agujeros perfectos e iluminó el semblante serio de Whitt.

Volví a subir los escalones y empujé la tapa con la esperanza de que los agujeros la hubieran debilitado, pero, al mirar por ellos, vi que la fibra de vidrio tenía casi tres centímetros de grosor.

Me deslicé por la escalera hasta el suelo, delante de Whitt, encajando mis piernas entre las suyas. Mi compañero ya tenía la camisa empapada en sudor. Eché un vistazo alrededor y agarré una caja de la balda de abajo.

—¡Diazepam! —le dije, agitándola delante de él.

Whitt se tragó la pastilla sin decir nada, respirando despacio, con inhalaciones y exhalaciones largas y uniformes.

Pasamos un rato sentados sin más, procurando no sucumbir al pánico.

Con los dos agujeros que había hecho en la escotilla, ya no nos íbamos a quedar sin aire, pero era posible que Richie y su cuadrilla nos mataran cuando volvieran o que, si no volvían, muriéramos deshidratados o agotados por el calor.

No había ni un solo líquido allí dentro, solo pasta de sobra para comprarnos una isla pequeña y drogas suficientes para matarnos varias veces.

—Te advierto una cosa —le dije—: como esto no mejore, me enciendo un porro.