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Salté de la escalerita y me situé al lado de Whitt, con el pecho casi pegado al suyo.
A nuestro alrededor, tres estanterías abarrotadas de drogas.
Las dos baldas de abajo estaban casi llenas de paquetes del tamaño de un ladrillo, de lo que probablemente sería cocaína o heroína envuelta en plástico negro sujeto con cinta de embalar marrón.
Las dos baldas de encima estaban llenas de cajas de medicamentos de los que precisan receta.
—¡Guau! —Cogí un par—. ¡Mira cuántos esteroides y antidepresivos!
—Sí, imagino que a los que viven aquí no les hará mucha gracia ir al médico por depresión. —Whitt estudió los envases—. Seguramente les resulta más fácil que Richie les facilite las pastillas. Menos preguntas y menos consultas.
—Analgésicos. —Me pasé a la estantería de la izquierda—. Toda repleta de oxicodona. Habrá cientos de cajas aquí.
—¡Joder! —exclamó Whitt con una risita nerviosa. Había tirado de un saco enorme sellado al vacío que había en la balda superior—. Pesa tanto como un crío.
En la parte de arriba estaba lo que los chicos necesitaban con urgencia, cosas que podían agarrar asomándose a la boca del pozo sin necesidad de entrar.
Alargué la mano y bajé unos cuantos fajos de billetes verdes y amarillos.
Whitt y yo nos sonreímos, sopesando el dinero en las manos.
Nos estábamos poniendo un poco tontos en presencia de tanta riqueza.
Le abaniqué la cara con los billetes, me los acerqué a la nariz y los olisqueé.
En mi vida había tenido tanta pasta en mi poder, ni siquiera en las redadas de la Brigada de Estupefacientes en las que había participado siendo una joven recluta.
Resultaba chocante, y extrañamente divertido, que la gente viviera así, apilando ladrillos de heroína en un búnker como si se prepararan para el apocalipsis.
Una especie de raspón fuerte en el exterior acabó de pronto con la diversión. Whitt y yo nos miramos, y vi la sombra de la escotilla pasarle por la cara.
—No —gritó, levantando la vista—. ¡No!