Nunca jamás (Harriet Blue 1) 88
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Nos acercamos primero al todoterreno aparcado detrás de la caravana más próxima.

La puerta estaba abierta, pero no tenía las llaves puestas.

Me colé en el asiento de atrás y levanté las alfombrillas, pasé la mano por los laterales del vehículo, buscando algo de interés.

El portaobjetos de la consola central estaba atestado de colillas.

Whitt echó hacia atrás el asiento del conductor, casi estrujándome contra el de atrás.

—¡Eh!

—¡Anda, mira lo que tenemos aquí! —Rio, sosteniendo en alto un enorme revólver plateado.

Me bajé del vehículo por el asiento de atrás, me acerqué a Whitt, le arrebaté el arma gigantesca de las manos y apunté al horizonte.

—¡Madre mía! —exclamé—. Pesa un quintal. Smith luego busqué debajo del fregadero y encima de la pequeña mesa.

Nada. Nada dentro, ni debajo ni alrededor de la cama.

Nada de interés en las estanterías. Whitt pasó a la otra caravana y, cuando me reuní con él, me lo encontré igual de decepcionado.

Golpeé con los nudillos la pared por encima de la estantería.

—Teniendo en cuenta la cantidad de droga que necesita esta gente para servir a todo el campamento, dudo mucho que la dejen por aquí sin vigilancia, salvo que la tengan bien escondida. Pero ¿cómo se oculta un paquete tan grande aquí dentro? ¿Estarían atiborradas las paredes de mercancía?

Me asomé por la ventanilla de la cocinita y vi a lo lejos dos figuras que se acercaban. Di un respingo.

—¿Quién coño son aquellos?

Saqué el arma. Whitt se agachó y observó las figuras a través de las cortinillas asquerosas; luego levantó los prismáticos y volvió a mirar.

—Compruébalo tú misma.

Por el paisaje pedregoso deambulaba un par de emús; esas aves eran del tamaño de un ser humano. Agachaban la cabeza de vez en cuando para inspeccionar el suelo que pisaban sus enormes patas.

—Vale... —Suspiré aliviada—. Continúa.

Registramos la caravana de arriba abajo. No había armas de ningún tipo. Cerramos la puerta al salir y nos quedamos plantados bajo el sol abrasador.

—¡Qué decepción! —dije.

—Igual no.

Algo le había llamado la atención. Se acercó despacio a un coche destripado.

Una enorme lagartija de color arena huyó de su refugio en la hierba seca y se dirigió a un montículo de rocas.

A un lado del vehículo, habían recortado la hierba y los matorrales de forma que una persona pudiera acceder a los bajos del coche con solo deslizarse por allí.

Whitt metió la mano por la ventanilla sin cristal e intentó en vano mover el asiento del conductor y el del copiloto.

Iba a tener que tumbarse bocabajo para reptar por debajo del coche.

Después de hacerlo, empezó a sacudirse la arena furioso.

—¡Voy a entrar! —gritó satisfecho.

Lo oí abrir algo retorciéndolo y golpeándolo y luego vi que desaparecían sus piernas mientras se revolvía para bajarlas por la boca de una especie de pozo.

Agarré el borde circular de la pesada tapa de fibra de vidrio del depósito subterráneo y la aparté.

Cuando me incliné hacia delante y me asomé dentro, vi a Whitt de pie en el suelo de un espacio de unos cinco metros de profundidad con las paredes forradas de estanterías.

Había sitio de sobra para que Whitt estuviera allí cómodamente. Me miró desde abajo y sonrió.

—Entra —me dijo.