Nunca jamás (Harriet Blue 1) 87
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—Esto va a ser genial —le dije a Whitt—. No hay ni un alma por aquí. Vamos a poder entrar y salir sin tener que distraerlos para que nos dejen vía libre.

Estábamos tumbados bocabajo en lo alto de una colina, bajo el sol ardiente, vigilando con unos prismáticos el asentamiento de Richie.

Lo componían dos caravanas blancas maltrechas y un Hyundai Sonata gris de los ochenta encima de unos ladrillos, debajo del cual, en el rectangulito de sombra, abundaban la lantana y la hierba desértica.

Durante la media hora que llevábamos vigilando, no se había movido nada en el campamento.

Estaba convencida de que Richie y su cuadrilla aún estarían retenidos en Perth al menos un par de horas.

Me preguntaba si la acusación de atentado contra la autoridad lo habría preocupado o aliviado, ya que él sabía que podría haberlo acusado fácilmente de homicidio en grado de tentativa.

Cuando le conté a Whitt esa mañana que Richie había querido pegarme un tiro, se había horrorizado más que cuando le había relatado la pelea que habíamos tenido en el baño del hotel.

No me había molestado en acusarlo de homicidio en grado de tentativa porque, la verdad, dudaba de que fuera a cuajar.

Un buen abogado, que posiblemente podía permitirse, alegaría que, al coger el arma, ya había visto que no llevaba cargador, por la clara diferencia de peso, y que solo me había apuntado con ella para asustarme.

De hecho, saldría bajo fianza antes de que anocheciera y eso me daba el tiempo justo para registrar su campamento y ver si era un asesino de verdad.

Quería saber si Richie escondía la clase de armamento que el francotirador de la mina habría necesitado para ver y, sobre todo, disparar a Lenny Xavier desde la distancia a la que lo había hecho.

Quería comprobar si había ropa de camuflaje allí abajo, un casquillo de bala, un mapa, algo que pudiera incriminarlo o liberarlo definitivamente de mis sospechas.

Whitt y yo nos levantamos sin mediar palabra y corrimos agachados colina abajo hasta el campamento de Richie, con las pistolas pegadas al cuerpo, al tanto de cualquier movimiento en el paisaje.

Me vino a la cabeza lo que Gabe y yo habíamos hablado en la oscuridad del desierto sobre lo rápido que se adaptaba el cuerpo a aquella clase de clima, lo fácilmente que, bajo la presión del sol y la inmensidad del horizonte, una persona podía volverse como muchas de las criaturas que sobrevivían allí: dura y resolutiva.

El sol me había tostado y curtido la piel, y el polvo constante me hacía entornar los ojos.

Tenía las plantas de los pies duras como piedras de ir y venir de las duchas de madrugada, pisando las rocas y la tierra dura del suelo.

Toda mi ropa se había descolorido y manchado de sudor, y la sal me había resecado el pelo.

Me estaba transformando en una criatura del desierto.