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—Debes de tener el cráneo de plomo —bromeó Whitt, golpeándome en la frente con los nudillos—. Solo unos días después de que te lo abra el asesino lo usas como arma.
La enfermera era la misma mujer desabrida que me había curado a la puerta del barracón cuando había estado a punto de palmarla en los túneles. Tumbada en la camilla, me dejé coser el corte en forma de Y que me había hecho en la cadera con el grifo del lavabo.
—¿Sabías que hay una relación directa entre los traumatismos en el lóbulo frontal y la conducta antisocial? —me dijo—. ¿Sueles ir dando cabezazos a la gente?
—Procuro que no sean más de dos o tres a la semana.
—Es facilísimo provocarse lesiones cerebrales —comentó encogiéndose de hombros mientras me cosía—. En el lóbulo frontal se alojan todas las neuronas que controlan las emociones. Si tonteas con eso, te puedes volver violenta, temeraria.
—¿Me estás aconsejando que deje de dar cabezazos a la gente porque podría terminar queriendo dar cabezazos a la gente? —pregunté.
—Supongo que podemos tachar de la lista a Richard Lee Machinna —dijo Whitt con un suspiro—. ¿Por qué iba a molestarse en mandarte a Perth si fuera el asesino? Te habría pegado un tiro de lejos como a los demás.
—Igual le gusto —contesté—. O le gustas tú. A lo mejor le gustamos los dos y quiere quitarnos de en medio para poder seguir matando sin hacernos daño porque somos maravillosos.
—Aquí no le caes bien a nadie —espetó la enfermera.
—No pienso dejarlo escapar —le dije a Whitt—. Puede que ese ritual suyo solo implique a los mineros y lo estemos fastidiando demasiado. Quiero saber si hay que dejarlo en la lista de sospechosos o echarlo de aquí. Averiguaremos dónde se aloja y nos enteraremos de si va en serio o no.
—La cuadrilla entera tiene un par de caravanas en las proximidades de la mina, a unos diez kilómetros en coche —contestó Whitt—. Sospecho que nos va a costar tanto conseguir una orden de registro para allí como para aquí. Lo pensamos por la mañana y buscamos una forma de distraerlo o algo así.
—¿Y los antecedentes penales de Linbacher? —tercié—. ¿Han llegado ya?
—No, la última vez que lo comprobé, hace por lo menos un par de horas, no. Cuando volvamos al barracón, lo vuelvo a mirar.
Mi compañero se repantingó en la silla de plástico y oí cómo le crujía el cuello.
Me tranquilizaba verlo un poco menos agotado.
Como mínimo uno de los dos funcionaba a un nivel de tensión tolerable.
Sabía que yo estaba demasiado agobiada, pero siempre lo había estado, incluso antes de entrar en la policía.
Ser tan hiperactiva me iba a meter en líos en tiempos de guerra o de paz. Richie tenía razón: era incorregible.
—Vete a dormir —le dije a Whitt—. Aún tengo para rato aquí, me temo.
Accedió a regañadientes y salió sin ganas a la oscuridad de la noche. Mientras la simpática de la enfermera buscaba un analgésico apropiado en su consulta, me quedé sentada pensando en Danny Stanton.
—«Asesino, oscuro, cazador, venganza», murmuré.
Sabía que estaba cerca de encontrar al asesino. Percibía su presencia en la mina. Me iba a dar más guerra que Richie y sus compinches, y no tenía claro si saldría bien parada.