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Es preferible conservar la energía cuando te estás jugando la vida.
Empezar poco a poco, sin exagerar. Atacar con precisión y no derrochar coraje.
El que se llamaba Pete sonrió y alargó el brazo hacia el rincón de la ducha para agarrarme.
Se lo aparté de un manotazo y le devolví la sonrisa.
«Eso es. Como si se tratara de un juego divertido».
Todavía me caía el sudor de miedo por la mandíbula, aunque daba saltitos delante de mi atacante.
Richie se quedó un momento junto a la puerta para ver qué pasaba.
Pete se adelantó otra vez y yo le inmovilicé el brazo con ambas manos, se lo retorcí y lo empujé.
Cayó contra la mampara de la ducha y la hizo temblar.
Levanté la rodilla todo lo que pude, le di un taconazo fuerte en el brazo por el que lo tenía sujeto y le rompí el radio con un sonoro chasquido.
Aulló. Andy me echó el brazo al cuello desde atrás.
Retrocedí y lo estampé contra la pared, lo bastante fuerte como para que aflojara y deslizara el antebrazo hasta mi boca. Aproveché para darle un buen mordisco.
El berrido de Andy me reventó los tímpanos.
Con todo el peso de mi cuerpo, lo arrojé sobre Pete; atravesaron los dos la mampara de la ducha y cayeron fuera.
Me volví para abalanzarme sobre Richie, que seguía en la puerta, pero Andy se me tiró encima otra vez e intentó envolverme con los brazos.
Me dejé: permití que me levantara. «Craso error, colega».
Me enrosqué en su cabeza como un gato, le hinqué los dedos en la parte blanda de debajo de la mandíbula, anudé las piernas a su cintura.
Caímos en el lavabo, me clavé el grifo en la cadera y me rasgué la piel por debajo de los vaqueros.
Lo agarré por los pelos y le di un cabezazo fuerte en la nariz.
Pete estaba sentado en el rincón de la ducha donde había estado yo hacía un momento, agarrándose el brazo retorcido y roto.
Andy me había soltado y se había escurrido hasta el suelo, al lado del váter.
Me senté en el borde del lavabo, me limpié la sangre de Pete de la barbilla con el faldón de la camiseta y crucé una pierna sobre la otra como si nada mientras Richie me observaba.
Había perdido un zapato, tenía la camiseta hecha jirones, el pelo pegado a la cara, los vaqueros empapados, y la adrenalina descargada durante la pelea había hecho desaparecer el pánico, con lo que, al reconsiderar un momento mi posición, me descubrí más cabreada que en toda mi vida.
Richie levantó mi pistola y me apuntó con ella. El arma hizo clic. Me llevé la mano al otro bolsillo y saqué el cargador que llevaba siempre allí.
—Nunca la llevo cargada cuando estoy bebiendo —le dije—. Ven a por él —lo insté—. No te voy a hacer nada.
Richie lanzó mi pistola al suelo y salió marcha atrás.