Nunca jamás (Harriet Blue 1) 84
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La música del pub estaba tan alta que ni yo oí mi grito. Me subieron a rastras, de espaldas, por una escalerita y me empujaron de frente dentro de uno de los cuartos mohosos de la primera planta.

Se encendió la luz del baño y con ella todas las alarmas de mi cuerpo.

Imaginé las voces del centenar de víctimas de violación con las que me había topado a lo largo de mi carrera, las que se habían defendido y las que no; aparecieron en mi imaginación y recordé aquellos primeros momentos de peligro.

«Muerde, araña, da patadas, ataca a los ojos...

, haz lo que tu cuerpo te permita, pero no dejes que te metan en el coche, en la habitación, en el sótano... ».

En cuanto empecé a defenderme, el tipo que me tenía cogida me soltó como un fardo sobre los baldosines del enorme cubículo de ducha. El cabezal goteaba sin parar y el suelo en el que tenía puesto el trasero y las manos estaba mojado.

Richie permanecía en el umbral de la puerta.

Empuñaba mi pistola reglamentaria, que me había quitado de la cinturilla de los vaqueros en el último momento.

Dos de sus hombres estaban en el baño, mirando nerviosos el lavabo cubierto de restos de afeitado, la bañera manchada, el espejo rajado y a una policía aterrada.

El olor rancio de sus cuerpos masculinos inundaba la estancia.

Richie esperó a que yo sopesara mi situación.

Sabía que faltaban dos de sus compinches, que probablemente hacían guardia en la puerta.

El suelo vibraba con la música de abajo.

No me iba a oír nadie. No iba a venir nadie a buscarme.

Iba desarmada y ellos eran más. Aquello era la viva representación del pánico absoluto.

—No digas nada —me soltó Richie, como si yo estuviera para comentarios—.

Quédate ahí sentada y piensa en todas las cosas que te podríamos hacer ahora mismo.

Sé imaginativa. No te limites a vernos arrastrándote a la cama y sujetándote fuerte.

Mira la bañera. Imagíname llenándola hasta la mitad y ahogándote en ella.

Piensa en las herramientas con las que podría jugar.

¿Lo visualizas, pajarita? —Procuré inspirar hondo.

Richie me señalaba. Toda su arrogancia de ladrón caballeroso se había esfumado.

No había nada en su mirada—. Me has causado muchos problemas, mujer —dijo—.

Desde que llegaste, has sido un puto incordio.

La gente dejó de comprar. Y luego, con la aparición de tus amiguitos ayer, aún más.

Una riada de coches ha salido de aquí en las últimas cuarenta y ocho horas, y la mayoría no va a volver.

Este es mi territorio y lo han cruzado todos sin pagar peaje.

¿Sabes por qué? Porque llevo a la chepa como chinches a dos polis imbéciles.

—Se acuclilló delante de mí. Uno de los suyos, un rubio larguirucho con tatuajes en las manos, me sonrió cuando lo miré—.

Ahora mismo tengo cero ingresos —continuó Richie—. Alguien va a tener que compensarme.

—Whitt va a venir a por mí —dije yo.

—Uy, sí. Os enseñan a decir eso, ¿no? —murmuró Richie—.

Primero te dicen: «Defiéndete, no dejes que te aparte del grupo», y luego: «Dile que tienes alguna enfermedad, que estás embarazada, que tu novio va a volver en cualquier momento», y después: «Cuéntale cosas de ti.

Hazle ver que eres una persona de carne y hueso, para que no te mate cuando acabe».

—Soltó una carcajada—. Pues tu novio no va a venir, pajarita.

Y para mí no eres una persona de carne y hueso, pero no te voy a hacer daño, ni mis chicos tampoco.

¿Sabes por qué? Porque no hace falta. Ahora entenderás que todas tus tretas de chica lista y peleona no te han llevado a ninguna parte.

Has ido pavoneándote por ahí como si fueras una poli incorregible a la que no le chista nadie.

¡Mírate ahora! Estás jodida. Y me parece que eso, para alguien como tú, es lo peor que podría hacerte.

Se levantó y me miró desde arriba.

—Esto es lo que va a pasar, pajarita —dijo—.

Pete y Andy te van a llevar a Perth. Les vas a decir a tus jefes que tus pesquisas te han conducido de nuevo allí porque piensas que el francotirador se ha ido de la mina.

Llamarás al maricón de tu novio Whittacker y le dirás que vuelva a casa, y despacharás al equipo técnico de refuerzo.

Cuando termines, ya veré si te devuelvo el arma reglamentaria para que dejes de parecer la puta pringada que pareces ahora por haberla perdido.

—Se guardó la pistola en el bolsillo de atrás, dio media vuelta e intercambió una miradita con el rubio.

Los dos compinches se me acercaron—. No hará falta que te recuerde lo que será de ti como me jodas, inspectora.

¿Esto...? —dijo, señalando con el dedo el cuarto, el baño, la cama...

, la trampita que me había tendido—. Esto ha sido más fácil de lo que esperaba.

—Lo malo es que hay un problema —tercié, y me levanté poco a poco. Pete y Andy recularon y miraron de reojo a su jefe. Richie se detuvo en el umbral de la puerta mientras yo me recomponía—. Que sí soy una poli incorregible a la que no le chista nadie.