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A las diez en punto de esa noche, Gabe se había quedado dormido a mi lado; su reloj biológico respondía con precisión a los turnos que hacía a diario en la mina.
Salí de su cama y volví a mi barracón a buscar a Whitt.
Me había dejado una nota encima de su catre informándome de que había ido al pueblo.
Por un segundo, fui presa del pánico y me quedé paralizada en la oscuridad.
A lo mejor habían ido al pueblo todos los policías del caso.
Seguramente casi toda la prensa se alojaba en el hotel de allí.
Intentarían sonsacarles detalles sobre el caso a Whitt y a los agentes.
Se enterarían de todo antes de que me diera tiempo siquiera a subirme al coche para salir de la mina.
Fui andando hasta el vehículo, procurando respirar con normalidad. Así era yo: siempre me temía lo peor. No confiaba nada en las aptitudes de los demás. Pues claro que los otros polis no iban a hablar con la prensa. Claro que Whitt jamás revelaría información delicada. Eran buenos profesionales.
Vi a Whitt sentado a una mesa al fondo del pub con dos de las agentes.
—¿Es cierto? —me preguntó, y noté que se me erizaba el vello de la nuca.
—¿El qué?
—¿Jupiter? —Esbozó una sonrisa—. ¿Tu segundo nombre es Jupiter?, ¿en serio?
Suspiré. Las policías que tenía al lado rieron como bobas. Me senté, me serví una copa de vino de la botella que había en la mesa y me lo bebí a palo seco en tres tragos.
—¿Qué novedades ha habido en las últimas tres horas? —pregunté.
—Bueno, una de vuestras «espías» ha venido corriendo a traernos un hallazgo muy interesante.
—En la chapa identificativa de la policía ponía «beckett».
Me enseñó en su móvil una foto de un estuche de plástico negro debajo de la cama deshecha de un minero—.
Pinta bien, además. El propietario es Ethan Formosa, uno de los tíos que trabajaban con Hon en los almacenes de comida.
Tiene antecedentes: un par de delitos graves de agresión.
—¿Habéis ido a verlo?
—Sí. —A Whitt no se le iba de la cara la sonrisa vacilona—. Formosa se ha resistido bastante. No quería abrir el estuche delante de los otros mineros que andaban por el barracón. No, señor.
—¿Y qué había dentro? ¿Era un arma?
Los otros tres enmudecieron un instante, mirándose unos a otros.
—No fastidies, Whitt, ¡habla!
—Era... eeeh... —Se aclaró la garganta—. Creo que lo llaman «disfraz de sumiso»...
La otra poli, Shae, soltó una sonora carcajada y se tapó la boca.
—Había una capucha de cuero con cremallera en la boca —dijo Whitt, haciendo un esfuerzo por mantener la compostura—, correas y hebillas, algunos... «instrumentos», una especie de bomba...
—Vale, vale —dije, recostándome en el asiento—. Me hago una idea.
—Además, con los registros de las chicas, han salido a la luz otros cuatro estuches negros de aspecto sólido escondidos por la mina —terció Beckett en tono desenfadado—. Dos flautas, un saxo y un fagot. ¿Quién iba a imaginar que había tanto talento musical en este sitio? Podríamos montar una banda.
—Los mineros polvorientos —propuso Shae—. Con la colaboración especial de El sumiso enmascarado.
Se echaron a reír los tres. Whitt por fin empezaba a liberar la tensión de los últimos días.
Ya no parecía cansado. Sin quererlo, sentí agradecimiento hacia aquellas mujeres.
En nuestro trabajo, no podías permitir que la gravedad de la situación te tuviera siempre agobiado.
Esa clase de angustia te podía matar. La había visto obrar su magia en agentes mayores, cuando se vaciaba el depósito de las risas y nada producía alegría, ni siquiera en los buenos tiempos.
Yo aún no había llegado a eso. Sabía que me quedaban reservas de buen humor, pero no me parecía seguro liberarlo todavía.
Si lo hacía, me acordaría enseguida de lo que estaba pasando en casa y me asaltaría el sentimiento de culpa.
De momento, solo me quedaba refugiarme en los brazos de Gabe.
Me acerqué a la barra a por otra botella de vino sin decir adónde iba.
Me pasaba cuando estaba muy implicada en un caso: me volvía grosera, distante, olvidaba las normas elementales de educación.
Pops se daba cuenta; me decía que estaba «en modo acción».
De pronto, lo eché muchísimo de menos mientras me acercaba a la barra por el pasillo oscuro.
Y, en medio de aquella nebulosa de pena, no reparé en el primer brazo que salió de la nada.
Un hombre por delante, otro por detrás. Una mano caliente y dura que me tapó la boca y otra, anexa a un brazo, que me rodeó la cintura y tiró de mí hacia atrás.