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«Los equipos de televisión que investigan el asesinato de varios empleados en una mina de la parte más occidental del país se han encontrado hoy con la resistencia de las fuerzas del orden.
Uno de los policías que llevan el caso ha acusado de allanamiento a un cámara por acceder de forma ilegal a la mina —dijo la presentadora—.
Simon Windell, cámara de la cadena Seven Network, ha sido acompañado al exterior de las instalaciones por la inspectora Harriet Jupiter Blue después de que un incidente en el interior de la mina sobresaltara a los reporteros allí presentes».
Gabe se revolvió en la cama, a mi lado, y se incorporó, recostado sobre las almohadas, con su brazo grueso alrededor de mi cuello.
—¿Qué es lo que acaban de decir?
—Que he detenido a un periodista —contesté exhalando el humo del cigarro por la ventana abierta que tenía al lado—. Y así ha sido.
—No, han dicho: «Harriet Jupiter...».
Lo miré de reojo.
—Porque es como me llamo.
Gabe me miró en la oscuridad, con ojos chispeantes.
—¿Jupiter?
—Mi madre era prostituta y drogadicta, ¿qué coño esperabas? —respondí dándole un puñetazo en las costillas.
En las imágenes obtenidas desde el otro lado de la valla, se veía cómo sacaba yo al cámara del comedor.
«A los equipos de televisión enviados a la mina les ha sorprendido encontrarse con la inspectora Blue, que no ha hecho declaraciones públicas desde la detención este mes de su hermano, Samuel Jacob Blue, por los asesinatos del río Georges».
Más imágenes mías apartando las cámaras después de echar a Simon Windell de la mina.
Los periodistas me gritaban para que hiciera declaraciones, pero yo había agachado la cabeza y me había largado, a salvo al otro lado de la valla.
Una foto de Sam ocupó momentáneamente la pantalla, aquella en la que estábamos los dos en el jardín soleado.
«Samuel Jacob Blue aún no se ha pronunciado sobre las acusaciones de asesinato y la policía tampoco ha comentado si el caso está relacionado con la investigación de su hermana en Australia occidental».
Le quité el mando a Gabe y apagué el televisor que teníamos a los pies de la cama.
—¿«Relacionado»? —espeté—. Si los asesinatos de aquí están relacionados con los del río Georges, ¿quién cojones creen que los está cometiendo? ¡Sam desde la puta cárcel!
—Es puro sensacionalismo —bostezó Gabe—. Los asesinatos son más emocionantes cuando están relacionados.
Como era el capataz de una cuadrilla grande de mineros, Gabe Carter tenía un barracón pequeño para él solo.
Había puesto la cama cerca de la ventana polvorienta y así podía beberse el café por las mañanas sentado en la cama y apoyado en la pared.
Me recosté en su pecho y vi titilar las luces de la grúa grande del centro de la mina mientras echaba por la ventana la ceniza de un pitillo muy merecido.
—¿Cómo he podido ser tan imbécil? —dije—. He echado a perder mi tapadera.
—No seas tan dura contigo misma —contestó acariciándome la pelusilla de la nuca—. Solo has dejado claro a los periodistas que no vas a aguantar gilipolleces.
—Han venido aquí a grabar la detención de un asesino y lo que se han llevado son unas imágenes mías sacando de la mina a uno de los suyos por saltar la valla. No pinta bien. No solo no estoy ayudando a mi hermano desde aquí, sino que tampoco estoy haciendo bien mi trabajo.
—Harry, tú...
—«asesino, oscuro, cazador, venganza».
—¿Qué?
—«asesino, oscuro, cazador, venganza» —repetí, retorciéndole el vello del pecho mientras pensaba—.
Danny Stanton escribió esas palabras en uno de sus cuadernos.
Si no consigo encontrar el arma, tengo que descubrir qué tienen en común las víctimas.
¿Significaban algo esas palabras? ¿Serán el dato clave que estoy pasando por alto?
—¡Eeeh, que los llevo puestos! —protestó apartándome los dedos de su vello pectoral.
—Ay, perdona.
Nos quedamos callados los dos, tumbados en las sábanas frías, mientras fuera aún no había remitido el calor del día.
Al principio, el más mínimo contacto con Gabe, incluso el de aquel primer apretón de manos, me permitía olvidarme por completo de lo que estaba pasando en casa, pero ya no me producía ese consuelo.
Aquella primera noche en el desierto él no sabía quién era yo ni lo que le estaba pasando a mi hermano.
¿Cómo no iba a preguntarse cuánto sabía yo, qué implicación tenía en lo que supuestamente había hecho Sam?
Me aparté de él y me hice un ovillo, pero Gabe tiró del brazo que tenía debajo de mí y me acercó sus labios a la oreja.
—Deja de pensar en Sídney. Para empezar, estás aquí para mantenerte al margen de todos los problemas de casa.
—¿Qué pasa, que ahora me lees el pensamiento?
Alargó la mano y me pasó un rizo moreno por detrás de la oreja.
—Si haces un esfuerzo, puedes olvidarte de que existe cualquier cosa más allá de la valla. Yo llevo años haciéndolo. Olvídate de la prensa. Olvídate de tu hermano. Ahora no puedes hacer nada para arreglarlo. Céntrate en lo que está pasando aquí.
Cerré los ojos e intenté imaginar la mina en pleno desierto como si fuera un planeta en medio de un universo extenso y arenoso. Por un instante, me aferré a aquella mentira y mi gran mundo cruel me pareció un poco más pequeño.