Nunca jamás (Harriet Blue 1) 81
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Los disparos comenzaron cuando doblábamos la esquina hacia el descampado que había justo delante del comedor.

Eran ráfagas que rasgaban el aire con estallidos atronadores.

Whitt y yo llegamos al borde de los almacenes de comida.

Al echar un vistazo, descubrí a los dos periodistas agazapados contra la valla, grabando ya con la cámara.

A lo largo de la malla metálica pude ver que los otros periodistas cruzaban corriendo la arena hacia nosotros.

—¡Putos imbéciles! —Me saqué la pistola. La cámara se volvió hacia mí mientras les hacía señas con la mano—. ¡Al suelo! ¡Al suelo!

Los mineros pasaban corriendo por nuestro lado. Whitt y yo corrimos agachados en dirección al comedor. Una chica joven salió a toda velocidad y golpeó con el hombro la puerta de cristal, que se rajó. Se oía cómo volcaban las mesas y las sillas.

Cesó el tiroteo. El aire olía a pólvora, pero también tenía aquel tufillo característico a huevos podridos que me transportaba a mi infancia, a las noches de verano y a la de Fin de Año. Incluso antes de irrumpir en el comedor, ya sabía que pasaba algo raro. La sala estaba despejada.

Me acerqué al bufé y recogí la mecha quemada de una tira de petardos rojos.

Las risitas de los hombres que había junto a la ventana del fondo me llamaron la atención.

Tres de los compinches de Richie y aquel desgraciado de ojos de serpiente detrás, con el teléfono en alto, grabando.

Salieron corriendo y me dejaron allí, como una boba, con la pistola pegada al cuerpo.

—¡Caray! —dijo Whitt cogiéndome la mecha de la mano—. No se puede caer más bajo.

Un hombre con ropa de paisano entró corriendo en el comedor, cargado con una cámara enorme.

Aunque por un momento pareciera solo un poco irritada, estaba tan nerviosa y tan cabreada que su sola presencia me desató.

Durante medio segundo, vi un arma y enseguida caí en la cuenta de que había estirado el brazo y lo apuntaba con mi pistola.

—¡Vale, vale! —dijo el periodista—. ¡Perdona! Acabo de saltar la valla. Solo quería ver...

—¿Has saltado la valla? —Volví a meterme la pistola por la cinturilla de los vaqueros—. Muy bien. Suelta eso y enséñame el carné. Te voy a denunciar por allanamiento.

—¿Cómo? —El cámara rio—. No lo dirás en serio...

Sabía que lo que estaba haciendo era estúpido y ruin, pero, aparte de perseguir a Richie y a su cuadrilla gritándoles que volvieran allí de inmediato como una maestra que perseguía a una pandilla de niños traviesos, no se me ocurría qué más hacer.

No sabía cuánto más iba a poder soportar mi incapacidad para capturar a un francotirador cobarde que se cargaba a la gente como si fueran patitos de goma en un puesto de feria.

Debía hacer algo. Cuando agarré al tío por el bíceps, apreté demasiado y gritó.

—No hace falta que hables, pero todo lo que digas podrá usarse en tu contra. Te acompaño fuera del recinto, donde se te entregará una citación para que te presentes en el juzgado.

Whitt cogió la cámara y extrajo la tarjeta de memoria mientras yo acompañaba afuera al reportero.

La multitud que había salido despavorida del comedor nos observaba, junto con una decena de periodistas.

La rabia que sentía en el pecho era tan intensa y dolorosa que no podía centrarme en nada más; aquella torpeza mía ya no se podía deshacer.

No había vuelta atrás. Mientras cruzaba el patio con aquel tipo, las cámaras me enfocaron la cara.

Había conseguido llamar la atención de la peor forma posible.

—¿Harriet...? ¿Harriet Blue? —me gritó uno de los periodistas—. ¡Eh! ¿No es esa la inspectora Harry Blue?