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Desde que las habíamos mandado a registrar los barracones, las bilbis me habían estado enviando fotos de cosas interesantes que habían encontrado.
Había montones de armas pequeñas en la mina.
Con tanto despliegue de masculinidad, parecía lógico que unos cuantos tíos se hubieran traído pistolas para presumir, y hasta para sacarlas en el desierto y tirarle a un puñado de latas.
También había rifles, pero, de momento, solo culatas clásicas de madera, rifles de largo alcance sin mira telescópica...
, los típicos que cualquier granjero le regalaría a su hijo para que tuviera a raya a los conejos.
Ninguno de ellos los había escondido. Las fotos eran de armas apoyadas en la pared o tiradas a los pies de la cama.
Sería por puro fanfarroneo, para que quedara claro lo que podía pasar la próxima vez que apareciera el tirador.
En el transcurso del día, los mineros fueron acercándose a Whitt y a mí mientras revisábamos los antecedentes penales y entrevistábamos al personal de seguridad que se encontraba en los límites de la mina cuando Lenny y Mick se habían convertido en blanco del francotirador.
La mayoría no nos ofreció más que pistas inútiles, rumores y retazos de conversaciones oídas por casualidad: alguien que había visto un destello desde los barracones mientras disparaban a Lenny; alguien a quien le habían dicho que los asesinatos estaban relacionados con una red de trata; alguien que conocía a un tío de Perth al que un tipo bien trajeado le había comprado hacía poco toda la munición del calibre cincuenta...
Mi estado de ánimo caía en picado con cada nueva supuesta pista.
Sabía que eso mismo era lo que estaba ocurriendo en Sídney, ahora que los periódicos habían puesto nombre y apellidos al asesino del río Georges.
Alguien, en un bar, habría oído a mi hermano comentar lo que le había hecho a su última víctima.
A alguien le habrían contado que se había deshecho de pruebas en la parte trasera de algún almacén.
El amigo del amigo de alguien habría conseguido escapar de él por los pelos, después de acceder a ayudarlo a trasladar unas cosas que no tenía a un sótano que tampoco tenía.
A la gente le gustaba participar de los hechos traumáticos y del miedo, no sé si por dar sentido a la tragedia, para encontrarse mejor o por hacer realidad alguna fantasía enfermiza con mentiras.
Los hombres y las mujeres de la mina estaban nerviosos y agitados.
Sospechaba que algunos se habían quedado por las razones que Gabe me había expuesto, pero, en el fondo, imaginaba que otros tantos tampoco se habían ido por miedo a perder el empleo.
Aquellas personas llevaban vidas difíciles y allí habían encontrado una seguridad que no habían tenido en ningún otro sitio en toda su vida.
Se quedaban por el dinero, por la cama, por la comida; porque quizá en casa, donde los aguardaban maridos, mujeres y padres furibundos, corrían el mismo peligro.
Muchos de ellos recelaban tanto de mí como yo de algunos de sus compañeros. No paraba de enterarme de cosas atroces que Richie le había hecho a gente que había llevado drogas a la mina sin su permiso. Las chicas parecían tenerles un miedo especial a él y a su jauría de perros retostados.
A medida que crecía nuestra lista de sospechosos peligrosos, Whitt y yo íbamos visitando los barracones de los astros de la violencia y las agresiones con arma de fuego de la mina.
Se trataba de hombres larguiruchos de mirada oscura que pasaban el rato sentados a solas en los alojamientos húmedos y apestosos o riendo en grupitos en la sala de descanso.
No teníamos ningún derecho a pedir a aquellos hombres que nos dejaran hurgar en sus cosas, pero las implicaciones de su negativa eran evidentes.
Cuando les plantábamos cara, se miraban entre sí y sabían que el rumor sobre su culpabilidad podría recorrer media mina en menos de una hora.
Whitt y yo nos metíamos debajo de las camas, bajábamos cajas de los armarios, apartábamos bolsas de ropa...
Fue avanzando la jornada. A mediodía, los periodistas que estaban en la entrada, al no haber logrado acceder a la mina ni obtener declaraciones de la directiva, empezaban a acercarse a las vallas laterales con la intención de abordar a los mineros en el patio de camiones y en los barracones.
Nadie quería hablar, pero vi a algunos aceptar tarjetas de visita.
Yo mantuve la cabeza gacha para evitar que me reconocieran.
—¿Habrá dinero en juego? —murmuré, ocultándome de las cámaras.
—Si son listos, los mineros esperarán a las tres, que es cuando los reporteros empezarán a buscar con desesperación declaraciones para las noticias de las seis.
Al ver que no llevábamos uniforme de mineros, dos periodistas habían comenzado a seguirnos a Whitt y a mí, pegados a la valla. Cuando llegó la prensa, yo había decidido calzarme la gorra negra de béisbol, y me la calé hasta las cejas en cuanto se pusieron a llamarnos.
—¡Eh! ¿Sois los polis?
—Son buenos —mascullé.
—Es por ti —replicó Whitt—. Tienes pinta de poli.
—¿Qué? ¡De eso nada! —dije irguiendo los hombros.
—No paras de tocarte la pistola y los tienes pensando «O esa mujer lleva una pistola ahí atrás o los vaqueros no son de su talla».
—¿Qué dices? Lo que piensan es «¿Quién es esa mujer tan corriente y qué hace con ese vendedor de antigüedades?».
A pesar del agotamiento, Whitt soltó una carcajada. Me gustó oírla. Y quizá habría podido seguir disfrutándola si no la hubiera interrumpido un tiroteo.