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Me despertó un ruido de helicópteros y me quedé un segundo pensando si habrían encontrado otro cadáver, pero era el de Channel Seven el que hacía volar las plantas rodadoras entre los barracones.
Los mineros iban y volvían de trabajar como si nada, pero yo tenía claro que en la puerta principal habría una buena cantidad de prensa.
Al llegar al comedor, me encontré a Whitt sentado con un grupo de ocho policías uniformados, cuatro hombres y cuatro mujeres. En la mesa, me esperaba un café solo. Whitt me fue presentando a todos los agentes.
—Me encantaría saber a qué hemos venido —dijo uno de los hombres—. Según Edward, la directiva de la mina no ha autorizado el registro de los barracones y la central de Perth está tardando en conseguir la orden judicial.
—No va a haber orden de registro —tercié yo—. Los que tienen tanto dinero e influencia cuentan con demasiados amigos en el Ministerio de Justicia. La directiva no va a permitir que la policía exponga el problema de drogas de la mina en directo en las noticias de la noche.
—¡Qué chorrada! —espetó el poli que tenía a mi lado.
—Se están haciendo registros, pero de forma oficiosa —dije dándole un sorbo al café—.
También se están comprobando los antecedentes penales, pero eso es supersecreto.
Tengo un listado del personal de la mina con antecedentes de delitos con violencia y con armas de fuego.
Me podéis ayudar en eso, pero no tenemos permiso para detener a nadie, así que, si los mineros se niegan a declarar, no hay nada que hacer.
—¿Quiénes son los principales sospechosos? —preguntó alguien.
Saqué una fotocopia del carné de Linebacker y la dejé en la mesa.
—Este tío no me gusta —confesé— y, sí, puede que no esté siendo muy imparcial.
Es rarito de narices. Pero, si no me falla el olfato, habría que investigarlo.
—Se produjo un silencio absoluto en la mesa—.
Vale —continúe, notando que me ponía colorada—, sé lo que estáis pensando: ¿qué clase de olfato tendrá esa inspectora que no ha sabido ver siquiera que su propio hermano es un depredador sexual?
Pues os voy a decir una cosa: la inocencia o culpabilidad de mi hermano aún están por ver.
Así que, de ahora en adelante, no hay motivo para recelar de mi intuición.
—Yo secundo las sensaciones de Harriet con ese tío —dijo Whitt dando unos golpecitos en la foto de Linebacker—. Creo que un par de miembros del equipo debería tenerlo vigilado a todas horas.
Desdoblé la captura impresa de la figura en sombra sorprendida por las cámaras de seguridad del campamento de EarthSoldiers.
—Esta imagen la he conseguido de un grupo de activistas asentados en el desierto. La cabecilla tampoco me gusta, esa tal Ocean Devine.
—¿Ocean Devine? —aulló una poli jovencita—. ¡Qué típico!
—Esos frikis llevan en las orejas las etiquetas de ovejas muertas. ¡A saber de qué son capaces! Dudo que estén detrás de estos asesinatos, pero, desde luego, tampoco colaboran mucho con nosotros y no entiendo por qué.
—Richard Lee Machinna —dijo Whitt poniendo una foto de Richie en la mesa—.
Es el señor de las drogas del campamento.
Richie y su cuadrilla han sido violentos con algunos mineros.
Roban a turistas indefensos e incluso a los empleados más débiles de la mina cuando intentan entrar en ella.
Si eso no es un juego de poder enfermizo, no sé qué más puede serlo.
—¿Cómo es que hay narcotraficantes operando abiertamente en la mina? —preguntó otro poli—. ¿Ese tío está en nómina?
—No preguntes —contesté con un suspiro—. Lo dejan deambular por aquí. Forma parte del mobiliario.
—También tenemos prostitutas que nos están haciendo los registros —terció Whitt con una sonrisa—, pero, aunque nos han resultado muy útiles, son responsables de algunos actos violentos contra los mineros, así que no las descartamos del todo.
—Bienvenidos al desierto australiano —dijo alguien entre risas.