Nunca jamás (Harriet Blue 1) 78
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Whitt y yo estábamos sentados en mi catre, medio a oscuras, de espaldas al panel de corcho.

A nuestro alrededor, encima de la colcha, seis o siete cuadernos con sospechosos con una cruz al lado, su historia laboral y su paradero en la mina.

Mirábamos fijamente la pantalla del portátil que teníamos en medio de los dos.

Jaymee, la bilbi, nos había conseguido el listado de personal y ya habían empezado a llegarnos de mi comisaría correos electrónicos con los antecedentes penales de los mineros.

Jaymee me había traído también una botella de plástico transparente con «vino de la mina».

Para combatir las restricciones de alcohol del campamento y los elevados precios del pueblo, muchos mineros habían empezado a destilarlo por su cuenta.

Como el aguardiente carcelario, el vino de la mina era terrible, resultado de experimentos fallidos con frutas secas y tomates, y hasta con pan, a veces.

Aunque aquella tanda estaba superácida y tenía un montón de posos, el vino no era del todo malo.

Me puse la botella entre las rodillas y disfruté del leve achispamiento que empezaba a producirme.

—Theodore Ivan Sava —bostezó Whitt—. Acusado de agresión sexual y lesiones graves. Condena registrada. Joseph Doyle. Acusado de agresión, agresión..., un montón de agresiones. Condenas registradas. Blake Henry Young. Acusado de agresión, resistencia a la autoridad y de ser una escoria en general.

—Categoría tres —dije, y anoté los nombres en la tercera columna de mi listado.

—Jessica May Harvey. Acusada de robo en casa habitada y tenencia ilícita de sustancias estupefacientes. Condena registrada. ¡Madre mía! A los tres siguientes se les ha acusado de agresión sexual con agravantes y a uno de ellos de homicidio involuntario.

Cogí el cuaderno de la categoría uno y empecé a anotar.

Whitt se echó a reír de repente.

—David Alistair Burns —dijo sonriendo—. Tenencia ilícita de sustancias estupefacientes. Tres acusaciones.

—¡Menudo capullo! —contesté—. No me extraña que se negara a autorizar los registros. ¿Dónde está el expediente de Linebacker? Me muero por ver sus antecedentes penales.

—No nos los están mandando en un orden concreto —dijo Whitt, y volvió a bostezar.

Llamaron flojito a la puerta y Taylor Fink asomó la cabeza.

—¡Anda! —exclamó—. ¿Fiesta de pijamas?

—La contraseña es «Estoy cansada y me quiero ir a casa».

La forense se instaló en el catre, entre Whitt y yo. Aparté el portátil para hacerle un hueco. Abrió uno de los cuadernos repletos de garabatos.

—Muy bien. —Inspiró hondo—. Dejadme que os cuente lo que he visto ahí fuera, en el desierto.

Varón caucásico muerto, cuarenta y tantos, algo obeso, herida abierta considerable, probable causa de la muerte.

Herida de bala en el cráneo, producida por un arma de gran calibre que le ha arrancado de cuajo la tapa de los sesos.

Seguramente murió en el acto. —Lo anoté en silencio en mi libreta—.

También tengo los hallazgos de los tres cadáveres de la mina, pero os resumo lo que sabemos.

Con Amy King jugó un poco: le faltan dedos y tiene heridas de bala en la rodilla y en la cadera.

Parece que la anduvo persiguiendo. Su hermana pequeña murió de un solo disparo de largo alcance en la espalda.

Hon Lu presenta varias heridas. Le faltan un par de dedos y una oreja.

Por el patrón de la quemadura, parece que también le dispararan desde lejos.

Y tiene lesiones producidas por una pistola paralizante.

—¿Ha hecho tu equipo el análisis de los residuos de tierra de las botas? —quiso saber Whitt.

—Sí. Tori y Hon tenían restos de arena del desierto profundo en la parte superior de las botas, de lo que deducimos que, poco antes de morir, estuvieron en pleno desierto. En las de Amy solo había arena de la mina, con lo que debió de matarla aquí.

—En los túneles —dije con un suspiro—. Quizá la persiguió mientras trabajaba, por hablar con nosotros. No le dio tiempo a completar su ritual.

—Tengo un dato curioso —terció Taylor—. Los tres llevaban aceite lubricante para armas en la palma de las manos. Hon Lu incluso presenta marcas en la mano derecha que coinciden con la nervadura de la culata de un rifle. Los tres manejaron un arma poco antes de morir.

—¿Cómo? —Miré a Whitt—. ¿Por qué iban a manejar el arma nuestras víctimas?

—Ni idea. Ni siquiera estamos seguros de que manejaran «el» arma, la que acabó con su vida, solo que manejaron una —comentó Taylor—.

Los residuos de pólvora encontrados también son interesantes.

En los cadáveres de Hon y Tori hay muy pocos restos, lo que parece indicar que, en algún momento, manipularon un arma que se disparó; pero el de Amy presenta restos de pólvora por todas partes.

Me da que probablemente ella sí que disparó el arma que tuvo entre las manos.

Estuvimos callados un buen rato.

—Es una cacería —dije por fin, mirando a los otros en la penumbra—.

Lenny nos ha contado que, antes de que empezara el tiroteo, una voz le dijo por el transmisor que, si conseguía llegar al campamento, le perdonaba la vida.

Pensadlo. Es como un ritual. Les propones un reto, les proporcionas un mecanismo de defensa propio y luego los persigues, como si fueran zorros.

¿Qué es lo que más jode a los cazadores de zorros?

Que estos se refugien en la madriguera. Cuando Michael se negó a echar a correr para ponerse a salvo, lo ejecutó.

Quizás el asesino les facilitó a los otros un arma para darle emoción a la cacería y que tuvieran oportunidad de luchar por su supervivencia.

—A Lenny no le dio nada —espetó Whitt.

—No, pero esa vez la cacería era a plena luz del día y con decenas de espectadores. Lenny tenía posibilidades de que alguien lo rescatara. El espectáculo ya era lo bastante estimulante de por sí.

—¿Cómo damos con ese tío? —murmuró Whitt mirándose las manos—. ¿Cómo podemos hacernos con el control del ritual?

—Dejando de ser la presa —contesté.