77
Cuando cayó la noche, Whitt y yo nos retiramos a los escalones de nuestro barracón, habíamos pasado casi todo el día interrogando a Lenny Xavier.
Se hizo el silencio entre los dos mientras pensábamos en lo que nos había contado, lo de la voz que le había advertido por el transmisor de que había dado comienzo un juego atroz.
En el desierto, Taylor Fink y su equipo examinaban el cadáver de Michael Hibbert.
Lenny nos había dicho que, cuando había empezado el tiroteo, Mick se había tirado al suelo y se había negado a correr.
El asesino le había disparado a la arena alrededor de su cuerpo, instándolo a que participara en su retorcida carrera.
—Supongo que se ha dado cuenta de que Mick no iba a jugar —nos había explicado Lenny, estremecido, hecho un ovillo en un rincón de la sala de descanso—. Entonces he oído un último disparo que le ha levantado la tapa de los sesos. Después de eso, he salido pitando.
Esa tarde Whitt y yo habíamos sabido que venían refuerzos.
—¿Se quedará el asesino o se irá? —musité en voz alta.
Whitt se sacudió las rodillas de los pantalones, pensativo.
—Se quedará —contestó por fin—. Por lo que dice Lenny, está claro que el asesino disfruta del espectáculo. Querrá quedarse a ver cómo salen espantados los avispones, ahora que ha pateado con ganas el nido.
—A plena luz del día —dije—, con decenas de personas viendo cómo ocurría todo. Está de subidón.
—Eso es verdad.
Fueron solo cinco minutos de descanso, pero, aun así, me molestó que llegara Gabe y nos encontrara allí sentados. Me levanté como un rayo en cuanto lo vi acercarse con el casco en la mano.
—¿Te han puesto un petardo en el culo, Harry? —me preguntó.
—No —contesté, echándome el pelo hacia atrás—. No, estábamos comentando el caso y no quería que pensaras...
—Lo que pienso es que pareces agotada —me interrumpió, sonriente—.
Los dos lo parecéis. El campamento entero habla de que te has subido a un todoterreno y has salido como una posesa a rescatar a Lenny.
Os podían haber matado a los dos. —No vi escabullirse a Whitt, pero, cuando Gabe me puso la mano en el hombro, sospeché que estábamos solos—.
Me ha dado un ataque de pánico cuando me he enterado —añadió.
—No ha pasado nada.
Paseamos en silencio hasta la valla este y vimos iluminarse a lo lejos las carpas del equipo de la Científica. Mis ojos vagaron por el desierto negro hasta que toparon con un convoy de coches que se dirigían al pueblo, una cadena de oro y rojo que cruzaba ruidosa el horizonte.
—Muy pocos se irán —dijo Gabe.
—¿En serio?
—Uy, sí. —Rio algo triste—. Esta noche se hablará mucho del asunto, pero la mayoría se quedará.
Ninguno de estos tíos quiere parecer asustado delante de los otros.
—Lo vi enganchar los dedos al alambre de la valla—.
Una vez me tocó hacer el cotejo de materiales a tres kilómetros de profundidad.
El trayecto en el ascensor duraba quince minutos.
A esa profundidad, hace calor y el aire no es respirable.
Hay que llevar máscara y equipo de protección.
Me corría el sudor por todo el cuerpo. —Miró al cielo—.
La tierra hace ruidos, que no tienen por qué significar nada.
Ruge y brama todo el tiempo, pero, por alguna razón, un minero joven se asustó.
El día anterior había habido un derrumbe en una mina cercana y debía de estar especialmente sensible.
Después de un bramido muy fuerte, soltó las herramientas y gritó: «¡Se viene abajo! ».
—¡Madre mía! —susurré.
—A esa profundidad, a oscuras, con la presión del aire y del calor, el ser humano es muy vulnerable.
Estás siempre al borde de un ataque de pánico, aunque sigas haciendo tu trabajo.
Pero el berrido de aquel chaval nos descolocó a todos.
¡ZAS! Éramos como animales. —Meneó la cabeza, incrédulo—.
En momentos así, es cuando de verdad te enfrentas a tu propia humanidad, o a la ausencia de esta.
Abreviando: estos tíos son auténticos veteranos en el arte de disimular el miedo. No se van a marchar.
Sin darme cuenta, me había llevado las manos al cuello de la camiseta y lo asía con fuerza; el sudor me empapaba el tejido. Yo sentía ese mismo pánico animal desde que habían detenido a Sam. «Puede que me dure años —me dije—. Quizá nunca se me pase».
—¿Cómo se puede vivir así tanto tiempo? —pregunté.
—Hay que aprender a no pensarlo. Es cuestión de negación.
Además, en un sitio de estas características, créeme, estamos tan lejos de toda normalidad que es fácil mentirse para sobrevivir.
O sea, es como un sueño, ¿no? Amanece y anochece, pero no hay días ni meses, el tiempo nunca cambia.
Va y viene siempre la misma gente. El peligro y el miedo son tan cotidianos que, de alguna forma, se anulan mutuamente.
La realidad es que, tanto a veinte metros de profundidad como a tres mil, si hay un derrumbe, vas a morir igual.
—Miró al horizonte—. Así que tejes una maraña de mentiras.