76
Una multitud se había agolpado en un lado del patio, pegada a la valla y asida al alambre. Algunos de los hombres gritaban, pero la mayoría guardaba silencio.
—¿Qué cojones pasa? —pregunté agarrando al primer minero, que se había quedado sin habla y se limitaba a señalar.
En el desierto, había un hombre alto, musculoso, con casco, muy quieto y con las manos ligeramente separadas del cuerpo. Estaría a unos trescientos metros de distancia. A lo lejos, vi una grúa.
—¿Qué ocurre? —me dijo Whitt, poniéndose a mi lado, junto a la valla.
El hombre pareció inspirar hondo y luego salió corriendo hacia delante, meciendo los brazos con vehemencia para darle brío al esprint. Zigzagueaba según iban estallando puñados de arena a sus pies. Al final, el pánico se apoderó de él y se detuvo en seco.
—¡Ay, Dios! —exclamé sacando la pistola—. Lo persigue el francotirador.
Me abrí paso como pude entre la gente apelotonada en la puerta. La entrada no era lo bastante grande para un coche. Me colé por ella, cerré y dejé a Whitt al otro lado con la multitud, para que no pudiera detenerme si decidía salir corriendo. No quería que los mineros abandonaran el recinto.
No había forma de cubrirse allá fuera, en la planicie. Al hombre que estaba plantado en el desierto no le quedaba otra que intentar ponerse a salvo corriendo. El tiroteo, viniera de donde viniese, empezaba en cuanto se movía. Estaba a merced del tirador.
—¡Joder, tío! —dijo alguien a mi lado—. ¿De dónde vienen los disparos?
—¡No lo veo! No se oyen. ¿Lleva silenciador?
—Hay que salir a ayudarlo.
—De aquí no sale nadie —repliqué, y los vi empujando la puerta cerrada—. Tranquilo todo el mundo.
—¡Lenny! ¡Lenny, corre! —le chilló una chica joven.
—¿Dónde está Mick? ¡Mick estaba con él!
—¡Callaos todos! —Noté el temblor que me empezaba en las pantorrillas y me subía por las piernas. Necesitaba pensar—. ¡Apartaos de la valla! ¡Os la estáis jugando!
—¡No nos vamos a quedar aquí mirando cómo lo matan! —gritó otro—. ¡Hay que salir a ayudarlo!
Me volví hacia el hombre del desierto, Lenny, que se preparaba para otro esprint hacia la valla.
Corrió y, al cabo de unos diez metros, empezaron de nuevo los estallidos de arena.
Intentó zigzaguear, dio un traspié y cayó, agarrándose la pantorrilla.
El parloteo de la valla cesó lo justo para que pudiéramos oír su aullido de dolor.
—¡Haz algo! —me gritó la chica.
Me sudaba el labio superior. Necesitaba saber de qué dirección venían los disparos.
Parecía que la arena se levantaba a la derecha de Lenny, pero al este no se distinguía ningún sitio donde el francotirador pudiera ocultarse, salvo que hubiera alguna boca de túnel que yo no viera, un agujero del que asomara ligeramente.
La luz cegadora me hacía guiñar los ojos, y jadeaba fuerte.
«Depende todo de ti, Blue. Los tienes a todos mirándote».
Lenny reptaba, intentando ponerse de rodillas. Abrí la puerta, volví a hacerme hueco entre la multitud y cerré.
—¡Se larga! —gritó alguien al verme cruzar el patio a toda velocidad—. ¡No te vayas, so zorra! ¡No lo dejes ahí tirado!
Al borde de la zona de camiones, había un todoterreno grande con la puerta del conductor abierta. Me subí y giré la llave. La máquina tenía el peso y el agarre que yo andaba buscando. Pisé a fondo el acelerador, giré el vehículo y fui directa hacia la puerta, tocando el claxon.
—¡Apartad!
Estampé el morro del vehículo contra la valla y, cuando se cerró el hueco, pisé a fondo de nuevo.
La puerta cayó con un estrépito aterrador.
Se me escapó un grito. Los disparos comenzaron de inmediato, reventaron la ventanilla del conductor y me agaché sobre el volante, mientras me caían sobre la espalda los cristales. PAF, PAF, PAF, PAF.
No miré, pero sabía que ese tío estaba cosiendo a balazos el lateral del vehículo.
Oí el típico escape de aire cuando reventó una de las ruedas.
Sabía que una bala me podía reventar en cualquier momento.
Ya me habían disparado antes; habría un estallido, sentiría un calor sordo y luego esa especie de humedad repugnante chorreándome por el costado.
Lenny echó a correr. Me acerqué y abrí la puerta del copiloto, frenando en seco junto al minero, que se lanzó de canto al interior, arremetiendo con todo su cuerpo contra el mío y poniéndome la cabeza casi en el regazo.
Giré el volante e hice rugir el motor y, volviéndome de espaldas al francotirador, me alejé de él todo lo que pude. Me daba igual dónde termináramos. El hombre que llevaba conmigo estaba vivo. Agazapado, lloraba contra el salpicadero, aferrándose al coche con todas sus fuerzas.