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Me quedé plantada bajo el sol abrasador, con los ojos cerrados, contemplando aquella especie de resplandor rojizo que se producía en el interior de mis párpados. Tal vez, si aguantaba allí el rato suficiente, conseguía que el sol calcinara la vergüenza que sentía.
—Bueno, montar armas ilegales con piezas robadas para venderlas en el mercado negro también tiene lo suyo —dijo Whitt dándome una palmada en el hombro.
—Dudo de que vayan a condenarlo por eso, teniendo en cuenta que no teníamos orden de registro —gruñí largo y fuerte—. Antes de que podamos pedirla, se habrá deshecho de todo.
—Ya, ya —suspiró—. Solo elogiaba tu hallazgo. No hay que pasar por alto un trabajo bien hecho.
Caminamos un buen rato en silencio y noté que el sofoco de la humillación me iba desapareciendo, aunque el corazón siguiera aporreándome el pecho.
—No me gusta ese tío, Whitt —comenté mirando a mi compañero—.
Entre sus papeles había un parte de baja del Ministerio de Defensa, así que ahora sabemos que no solo tiene amigos en el ejército, sino que probablemente él también era militar.
Contaría con la instrucción necesaria para usar un arma de ese tipo, aunque se escude en que la está montando para venderla.
Además, ahí dentro había ejemplares de Gore Porn .
—¿ Gore qué?
—La revista Gore Porn —contesté—. No pongas esa cara de asco.
Es bastante popular. Ya sé que los tíos como tú solo leéis Grammar Weekly y Quiches of the World , pero los que viven en grupo leen mierdas bastante asquerosas.
Las secciones más populares de la revista Broot siguen siendo las de accidentes de trabajo horrendos y, por supuesto, las de porno.
Si juntas las dos, tienes Gore Porn . Sadismo, operaciones fallidas de cirugía estética, defectos congénitos...
; los vídeos de ejecuciones y lo que llaman snuff , esas pelis porno en las que muere alguien de verdad...
—No le veo el atractivo.
—Lo bueno de Gore Porn es que «te echas unas risas» —dije yo—.
Siempre que me he topado con esa revista, ese ha sido el comentario de su dueño: «Oye, te echas unas risas».
Es rarísima y asquerosa. Suelen andar por los vestuarios masculinos de las comisarías, los comedores de los barcos de la Armada y la trastienda de los clubes deportivos, todas ellas zonas a las que no tienen acceso las mujeres.
—Te creo, Harriet; pareces muy puesta.
—Lo raro es que sé por experiencia que nunca hay más de un ejemplar —dije dándole una palmada en el hombro—. Si las coleccionas, ¡y en tu cuarto!, no puedes decir que la has comprado para echarte unas risas.
—¿Cuántas tenía Linebacker?
—Tres por lo menos. Y eran números consecutivos.
A ver, no es que pretenda sacar de donde no hay solo porque el tío sea un capullo integral, que está claro que lo es, pero si juntas el arma y el servicio militar, añades lo impopular que es, todo el tiempo que pasa solo deambulando por la mina y las declaraciones de los testigos que lo han visto torturar animales, y le sumas, encima, la lectura en privado de material que parece indicar que le ponen las cosas raras y violentas, te sale un tío que... ¡Eeeeeeh!
Un minero pasó por mi lado tan rápido y tan cerca que casi me tira al suelo. Lo siguieron otros dos que iban hacia el comedor. Oí gritos. Whitt y yo nos miramos. Vi un destello de pánico en el rostro de mi compañero y luego oí un disparo que rasgó el aire.