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Me quedé en la esquina del barracón de Linebacker, observando a Whitt, que se disponía a llamar a la puerta.
En el papel de rubio buenecito que había pretendido ser desde que lo conocía, mentir, engañar y saltarse el protocolo no iba a resultarle fácil a mi compañero.
Parecía muy distinto del hombre que me había descrito cuando estábamos los dos agazapados detrás de un peñasco en pleno desierto: el inspector alcohólico, acosador e inquieto, obsesionado con dar caza a los depredadores que se le habían escapado.
En parte, admiraba que, al resurgir de lo más bajo, Whitt hubiera sabido reinventarse por completo.
De algún modo, esmerándose en las tareas pequeñas (hacerse la cama, plancharse las camisas, sacarles brillo a los zapatos...), evitaba aquellos grandes pensamientos negros.
Quizá yo pudiera aprender algo de su conducta.
Se abrió la puerta de la garita.
—Señor Linbacher... —dijo Whitt sonriente.
—¿Qué? ¿Qué pasa?
—Le agradecería que me acompañara al comedor —contestó Whitt estirándose la pechera de la camisa—. Estamos llevando a cabo interrogatorios y como es usted el jefe de seguridad...
—Sí, sí... —lo interrumpió el hombre mayor con un gesto de desdén, salió y cerró de golpe la puerta del barracón—. ¡Menuda panda de inútiles! Sí que habéis tardado en venir...
Se marcharon despacio los dos. Vi a Beth a lo lejos, en el segundo bloque de barracones, yendo de uno a otro. Me colé en el de Linebacker y me quedé plantada en la fría oscuridad.
La pequeña estancia olía a betún y a aceite lubricante para armas, y estaba tan recogida como el lado de Whitt en nuestro barracón.
Fui derecha al armario y recorrí con el dedo las camisas y pantalones que tenía colgados dentro, las prendas ordenadas de la más larga a la más corta, con las perchas a exactamente cinco centímetros una de otra.
En la academia de policía también colocábamos así los uniformes.
Dos pares de zapatos en el suelo del armario, con las punteras hacia fuera, resplandecientes: unos de piel marrón y otros negros.
Si el asesino era un antiguo policía, eso explicaría su conocimiento de las armas, y quizá su puntería.
En Australia era difícil aprender a utilizar rifles de largo alcance si no eras policía o militar, o estabas dispuesto a gastarte un dineral en uno de los pocos campos de tiro del país.
Aun así, sin un permiso, el asesino no habría podido adquirir la clase de arma capaz de matar como lo hacía el nuestro. Era una pista muy valiosa.
Hurgué en lo alto del armario, bajé un rifle negro enorme y lo puse en la cama.
Le hice una foto rápida con el móvil, lo cogí y le quité el cargador.
Estaba lleno. Me ardía la piel de la emoción.
Pero ni siquiera hallar el arma asesina en el cuarto de Linebacker iba a ser suficiente para condenarlo por los asesinatos.
Yo había encontrado la ropa interior de víctimas de violación en el dormitorio de sus agresores y ni por esas había conseguido que los condenaran.
Necesitaba todo lo que pudiera conseguir.
Agarré el primer cajón del escritorio y lo vacié encima de la cama.
Bolis, lápices, cuadernos, gomas elásticas, llaves...
Hice lo mismo con el segundo. Fotos de mujeres desnudas.
La revista Gore Porn . La hojeé un momento y esbocé una sonrisa.
Había otros dos ejemplares en el cajón. Cogí un sobre marrón y curioseé entre los papeles que contenía: partida de nacimiento, impresos de la declaración de la renta, recibos, registros de alquiler y un montón de documentos grapados y marcados con un escudo de armas australiano de color negro.
Me senté en la cama y los examiné rápidamente.
Clavé los ojos en el texto en negrita de la tercera página: baja mec5.
Entonces oí gritar a Whitt, pero, antes de que me diera tiempo a levantarme, Linebacker abrió de golpe la puerta del barracón. Cuando asomó al umbral, yo ya había sacado la pistola y lo apuntaba con ella. Su semblante se ensombreció.