72
Lenny Xavier tenía el trabajo de sus sueños.
De niño, su obsesión habían sido las máquinas de gancho.
Su madre había optado por buscar rutas alternativas hasta el centro comercial, porque, en cuanto Lenny veía una, salía disparado a la urna de cristal y se quedaba pasmado mirando los tesoros allí alojados.
Los que había más cerca de la boca de salida eran los más fáciles, pero solían ser chorradas: sobres de cromos o peluches de color rosa.
Los premios de verdad estaban en el fondo: pistolas de agua y juegos de arco y flechas.
Lo malo era que siempre que agarraba uno con el escurridizo brazo de cromo, a medio camino de la boca de salida, el brazo se sacudía y perdía el premio.
La tensión de ver aquellos dedos de acero sumergirse en la pila de tesoros era a veces más gratificante que la victoria.
Por alguna razón, que el premio cayera por la boca de salida lo emocionaba menos que el que se quedara atrapado en la urna, tentándolo.
En la cabina de la grúa de doscientas cincuenta toneladas, al borde de la sima, Lenny sentía la misma emoción serena a la par que electrizante que experimentaba de niño dirigiendo el brazo metálico por la máquina de gancho.
Desde allí, tenía una visual de hasta cientos de metros de profundidad de aquella grieta en la tierra.
Mientras ocupaba el asiento del operador, con la ventanilla abierta, el viento cálido del desierto le alborotaba el pelo.
En ese momento, estaba retirando una excavadora vieja de un saliente que había a ochenta metros de la superficie.
Sus manos manejaban con naturalidad los controles, guiando las lustrosas palancas de mando con movimientos minúsculos.
El gancho que remataba el brazo de la grúa entró en la grieta con facilidad y, cuando Lenny lo tenía a unos centímetros del armatoste metálico, se levantó del asiento.
Mick, un tipo rechoncho que estaba fuera, justo delante de la grúa, se llevó el transmisor a la boca. El de Lenny chisporroteó.
—Baja como medio metro más, Len, y luego échalo para atrás. Cambio.
—Recibido, jefe. Cambio y corto.
La radio pitó y se apagó. Lenny bajó el brazo otro medio metro, tiró de la palanca de mando hacia sí y oyó el fuerte estruendo metálico del gancho al encajar por debajo el brazo de la excavadora.
La radio volvió a chisporrotear. Electricidad estática. Ajustó el dial, pasando de una de las frecuencias habituales de la mina a otra, a ver si localizaba a su jefe. Entre frecuencias, oyó una voz.
—Si consigues llegar al campamento, te perdono la vida.
Lenny miró a Mick, que no estaba usando el transmisor.
Su jefe subía y bajaba la mano despacio para indicarle que levantara el brazo de la grúa.
Lenny se preguntó si habría pillado alguna emisora de radioaficionado o la señal de UHF de algún camionero en una autopista lejana, pero la más próxima se encontraba por lo menos a cuatro horas, y él jamás había oído allí una emisora que no fuera de la mina.
—Repite, por favor. Cambio.
—Si consigues llegar al campamento, te perdono la vida.
Lenny miró el transmisor, confundido. Se le erizó el vello de la nuca, pero solo un instante. Se deshizo de la sensación. Agarró el transmisor y pulsó el interruptor para retraer el brazo de la grúa.
—No sé quién eres, pero estás usando la frecuencia de la mina. Busca otra, colega.
No hubo respuesta. Lenny se dio cuenta de que estaba sudando. Se limpió la frente con el dorso de la mano.
Se produjo un ruido repentino, el crujido de uno de los puntales de acero, por lo visto justo al lado de la ventanilla abierta.
Lenny detuvo la retracción del brazo de la grúa y se levantó.
Abrió más la ventanilla. Otro crujido fuerte y Lenny vio el estallido brillante de un montón de chispas en el acero de encima de la ventanilla.
Mick, desde abajo, se volvió y lo miró fijamente, con los ojos como platos.
Un silbido y después un chasquido y la ventana que tenía al lado se hizo añicos.
—¡Mierda!
Volvió a sentarse. Tenía formación suficiente para saber cuándo la grúa estaba bajo presión, cuándo el viento era demasiado fuerte y cuándo la electricidad estática del aire producía chispas en la maquinaria, pero aquello era distinto. Agarró el transmisor.
—¿Mick? ¡Eh, Mick! —le gritó. Cambió a la emisora anterior—. Tío, algo no...
Reventó otra ventanilla de la parte anterior del puente de mando de la grúa.
Mick se agachó y Lenny abandonó deprisa la cabina en dirección a la base del vehículo.
Saltó y se apostó al lado de su jefe, mirando la grúa desde abajo.
Mientras esperaban los dos, jadeando al sol del desierto, el transmisor que Mick llevaba en la mano chisporroteó.
—Si consigues llegar al campamento, te perdono la vida.