Nunca jamás (Harriet Blue 1) 71
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Irrumpí en la sala de descanso, con Whitt detrás.

Los que estaban jugando pararon y se volvieron a mirar.

Hubo un cuchicheo generalizado en los sofás.

Encontré a las bilbis justo donde los mineros a los que había preguntado me habían dicho que las vería: entrenando en las máquinas del gimnasio.

La rubita, Jaymee, estaba tirada en una esterilla, en el suelo, haciendo flexiones sin ganas, mientras que Beth, la alta de pelo moreno, tumbada bocarriba en un banco, levantaba la barra de pectorales con treinta kilos a cada lado.

La asistía una chica de aspecto nervioso con mallas brillantes.

Me acerqué, me puse delante de ella, le arrebaté la barra y la dejé en el soporte.

—¡Eh!

—Te necesito —le dije, asomada por encima de la barra, cabeza abajo con respecto a Beth.

—Sabía que terminarías viniendo a mí —contestó la otra sonriendo, y se mordió el labio inferior—, pero solo acepto visitas concertadas.

—Os necesito a todas. Salid. Ya.

Whitt se reunió conmigo en el patio.

—¿Qué haces? —preguntó.

—Saltarme las normas —respondí mientras esperaba a que las prostitutas se agruparan a mi alrededor.

—¿Qué pasa, bombón? —dijo Beth sacudiéndome del hombro el polvo del desierto. Me miró los puntos de la frente—. ¿Hay que darle una paliza a alguien?

—Aún no —dije—. Os voy a convertir a todas en colaboradoras. Extraoficialmente. Necesito ayuda con la investigación y los mandamases no me la quieren proporcionar. Tendría que haberlo supuesto y haber empezado por abajo, pero ya está.

—¡Anda, colaboradoras! —chilló Jaymee, dando palmas con las manos sudadas—. ¡En una investigación policial!

—Quiero que vayáis diciendo por ahí que os han robado —le dije a Beth—.

Les contáis a los mineros que os ha desaparecido un buen fajo de dinero y registráis barracón por barracón.

Si hacéis uso de vuestro encanto, los tíos os dejarán hurgar en sus cosas sin problema, ¿vale?

Hacedlo rápido, con desenfado y amabilidad, y mirad en todos los barracones que podáis.

—¿Y qué buscamos en realidad? —preguntó Beth.

—Armas. —Saqué el móvil, abrí la página web que había encontrado y fui enseñándosela—.

Buscamos una como la de la fila de arriba.

¿Veis la mira tan grande que tiene? Seguramente os encontraréis de estos —añadí bajando al final de la página—.

Eso son rifles de caza básicos, fáciles de conseguir.

Nos interesan los sofisticados, los grandes y caros.

Si veis uno de esos, le hacéis una foto con el móvil y me la enviáis.

—¿Y si está en un estuche o algo así? —preguntó una pelirroja jovencita—. No le vamos a pedir que lo abra.

—Pues hacéis una foto del estuche —dije—.

Podría ayudar. También quiero que una de vosotras se cuele en el edificio de administración y me consiga un registro del personal de la mina.

El listado de empleados. Estará a simple vista; se comprueba a diario.

Solo los nombres, nada más. Yo los enviaré a comisaría y conseguiré los antecedentes penales.

—Me pido administración —dijo Jaymee sonriente—. Conozco a Terry, que trabaja en la recepción. Un tío muy rarito.

—Vamos a perder ingresos si pasamos las próximas veinticuatro horas haciendo esto —dijo Beth—. Tengo la agenda llena.

—Los gastos corren de mi cuenta —contesté muy seria.

—De nuestra cuenta —terció Whitt.

Las chicas sonrieron agradecidas, se fueron y nos dejaron solos en el patio.

—Espero que el asesino tenga el arma a mano —le dije a Whitt—. Como la guarde en alguno de los camiones o escondida en el desierto, esto va a ser una absoluta pérdida de tiempo.

—Es un buen plan. Igual sacamos algo en claro. ¿Qué hacemos con el arma de Linbacher?

—Ese es mi próximo truco —contesté.