Nunca jamás (Harriet Blue 1) 70
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Como suele ocurrir con las grandes empresas en momentos de crisis, casi toda la directiva de la mina había desaparecido.

David Burns recorrió cariacontecido las instalaciones del campamento con nosotros, con la doble intención de que pareciera que cooperaba y de mantenerme alejada de las oficinas para que no reventara más puertas.

Nos había traído sendos capuchinos en unos vasos de cartón impolutos.

Me pregunté cuáles serían las raciones de café para la élite.

No tardé en descubrir que el largo paseo y los cafés especiales eran los únicos gestos amables que nos iba a ofrecer.

—Empezaremos por los puntos de control de entrada y salida de la mina —propuse—: hay que cerrar los accesos pequeños, restringir el flujo de personas y de camiones en las dos puertas principales...

Habrá que poner a algunos de sus empleados a hacer cacheos.

—Burns escuchó en silencio, mirando al suelo—.

Whitt y yo registraremos los barracones hoy.

Habrá que confiscarle el arma a Aaron Linbacher y mandarla al laboratorio para que la examinen los de Balística, igual que el resto de las armas que descubramos.

—Tendrá que enseñarnos el certificado de antecedentes penales de todos sus empleados —añadió Whitt—: delitos con armas, agresiones con violencia...

—Y entregarnos las grabaciones de las cámaras de seguridad de las dos últimas semanas —añadí.

Nos detuvimos delante del edificio de administración.

—Bueno... —dijo Burns estirándose la corbata—. Lamentablemente, solo han mencionado una petición a la que puedo acceder. —Yo iba a contestar, pero me dejó muda—. Los interrogatorios —añadió cabeceando afirmativamente—. Pueden llevar a cabo los interrogatorios.

—¿Qué?

—Comunicaré sus planes a la directiva, desde luego, pero les adelanto que su respuesta va a ser idéntica a la mía.

Su propuesta incumple algunos de los principios elementales de esta explotación —dijo encogiéndose de hombros con impotencia—.

No podemos restringir el acceso del personal a la mina ni limitar su salida.

Detener los vehículos que entran y salen para realizar registros exhaustivos lo va a paralizar todo.

No es práctico. Por no hablar de la seguridad.

Debemos tener la certeza de que los vehículos de emergencia pueden llegar a cualquier zona de la mina en cuestión de segundos.

—Miré a Whitt, que estaba pasmado—. ¿Los certificados de antecedentes penales...

? Eso tendré que consultarlo con la dirección general.

¿Y el registro de los barracones? Ni hablar.

En la mina tienen lugar actividades de dudosa legalidad —dijo gesticulando mucho—.

Aquí hay hombres y mujeres de familia, muy trabajadores, que viven en un entorno muy estresante.

No puedo permitir que detengan a buena parte de la población de la mina por delitos menores relacionados con el consumo de estupefacientes mientras buscan...

—¡No buscamos drogas! ¡Buscamos armas!

—... a alguien que aún no sabemos siquiera si se encuentra en el recinto.

—Entendemos que se consuman drogas en la mina —dijo Whitt amablemente—. Haríamos la vista gorda.

—No hablo solo de drogas. Sabemos que hay prostitutas, seguramente también películas pirateadas y pornografía. Además, ¿y qué pasa si encuentran armas? Estamos en el desierto. A algunos empleados les gusta salir a cazar jabalíes y canguros. Habrá montones de armas.

—Buscamos un arma muy concreta, no una cerbatana para cazar jabalíes —le explicó Whitt.

Burns dio un manotazo al aire, como descartándolo.

Yo ya no sabía ni qué decir.

—Usted es consciente de que hay un psicópata suelto, ¿verdad?

¡Hay un puto asesino en serie en el campamento!

Aquí, en alguna parte. Tengo una imagen que demuestra que ha estado acechando el asentamiento de EarthSoldiers, a menos de dos kilómetros de esta explotación.

Hemos encontrado en su mina los cadáveres de tres jóvenes.

Les dispararon desde lejos. ¡¡Les dieron caza como si fueran animales! !

Burns me miró con fijeza.

—No me está diciendo nada que no sepa ya, inspectora Blue.

—Está entorpeciendo la investigación —le dije—. Es que no entiendo que no esté haciendo todo lo posible por encontrar a la persona que ha hecho esto.

—Supongo que la diferencia entre usted y yo, inspectora Blue, es que yo tengo visión de conjunto.

—Se puso firme delante de mí y abrió mucho los brazos—.

Dirijo una plantilla de más de cinco mil personas.

Soy... soy como un padre para ellos. Estoy a cargo de su seguridad, de su felicidad, de su productividad.

Intente imaginar eso. Visión de conjunto.

Pruebe a imaginar lo que es tener cinco mil hijos que te necesitan mucho —añadió juntando las palmas de las manos hasta casi pegarlas—.

La suya es una labor muy específica, importante, y yo lo entiendo, pero es de detalle, y yo no puedo sacrificar mi visión de conjunto por satisfacer su necesidad de atender al detalle.

Me subía el calor por el cuello. Apreté los puños tan fuerte que me clavé las uñas en la palma de las manos y me chascaron los nudillos.

Whitt se desplazó instintivamente y puso un pie en el espacio que me separaba de Burns, por si acaso le zurraba.

Sin embargo, por una vez estaba tan furiosa que me quedé paralizada.

Burns se encogió de hombros por tercera vez y descargó así, físicamente, el peso que yo había querido poner sobre sus hombros, quitándoselo por fin de encima. Era un hombre al que le resbalaba todo, hasta las muertes que yo estaba convencida de que ocasionaría su negativa a intervenir.