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El soldado observó a la inspectora Blue mientras el helicóptero se alejaba en plena noche.
Vio cómo las luces rojas de aterrizaje se reflejaban en sus pómulos prominentes y hacían que el blanco de sus ojos cansados se volviera de un rosa brillante.
En cuanto desapareció el vehículo aéreo, el rostro de la inspectora reveló una determinación absoluta.
Él, a la sombra de una excavadora próxima, se mordió los labios.
«Sí, inspectora Blue, vuelve a endurecerte.
Siente el latido de tu vacío interior. Eres un soldado. Vengarás a los caídos».
Cada muerte te encallecía un poco más. Un lento aglutinar de músculos y huesos, como cuando la madera se hace piedra.
Al mismo tiempo, los entresijos se desgastaban, hasta que el soldado se convertía en un caparazón que no podía soportar la carga inútil del amor, el terror, el deseo.
Ya no había cabida para la compasión. Cuando sonaban los disparos, retumbaban en sus paredes internas y jamás se hacía el silencio.
La inspectora miró a su compañero y, en la oscuridad, sus ojos revelaron odio.
—Vamos a empezar a registrar los barracones —dijo—. Le vamos a confiscar el arma a Linebacker y la vamos a inspeccionar. Llama a Perth. Necesitamos refuerzos, un equipo que vaya a inspeccionar el campamento de EarthSoldiers y otro que registre las minas.
Ella era como el rey loco, un comandante tan arruinado por la batalla que se negaba a percibir los límites de su poder. La directiva no iba a aceptar sus propuestas, pero eso daba igual. Lo importante era declarar la guerra.
Cuando su compañero salió corriendo en plena noche, el soldado siguió a la inspectora Blue por el costado de la excavadora, por un hueco entre dos camiones y hasta las sombras de detrás de la entrada de la mina. Allí la vio de pie en la oscuridad, con los puños apretados a ambos lados del cuerpo.
Volvía a albergar en su interior el deseo de llorar, se le notaba.
No había tenido ni un instante para bajar la guardia desde que había llegado.
El soldado había disfrutado viéndole en la cara la angustia que le producía la situación de su hermano cada vez que encontraba un segundo para echar un vistazo a los titulares en el móvil.
Había gozado observando cómo se le tensaban los músculos de la garganta, cómo tragaba saliva preocupada con cada noticia aciaga que se le presentaba.
Ay, el llanto... ¡Qué remordimiento debía de producirle rendirse a él, dejarse llevar y permitir que la inundara el dolor!
La inspectora Blue se aclaró la garganta, apretó la mandíbula y dio media vuelta. No derramó ni una sola lágrima.