Nunca jamás (Harriet Blue 1) 67
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Ya era de noche cuando llegó el equipo de extracción.

Whitt y yo pasamos la tarde en el puesto instalado a la entrada de la mina, revisando nuestras anotaciones y vigilando quién entraba en la zona.

La directiva había autorizado el cierre completo de la mina norte, pero eso no impedía que siguiera pululando gente por allí, algunos fingían que iban a verificar los equipos o a trabajar en los camiones cercanos.

Vi a Richie un instante entre ellos, y a Linebacker.

La noticia del hallazgo dio la vuelta a la mina rápidamente y volvió a nosotros bastante distorsionada.

Alguien nos había traído café y el almuerzo.

Allí sentada, mientras intentaba comer, agucé el oído para escuchar lo que hablaba un puñado de mineros que subían la loma, cuyas voces viajaban por la cuenca polvorienta hasta donde estábamos.

—... dicen que esa mujer ha encontrado como diez cadáveres ahí abajo.

—No, no, es que ella se cayó al pozo y, mientras la rescataban, hallaron un brazo, pero ya está, no hay cadáveres.

—Davo se lo ha oído decir a Richie... restos pequeños, tipo dedos y cosas así. Y una soga y un poco de cinta americana.

Lancé una miradita a los mineros y se retiraron, pero, cuando iluminaron la mina con lámparas anaranjadas de sodio y el sol se hubo ocultado tras el horizonte, ya habían vuelto otros tantos, que se apalancaron en grupitos en la colina.

A la llegada del helicóptero, lo señalaron e hicieron fotos.

No vino nadie de la directiva a presenciar la extracción.

—Esperaba ver por aquí al menos a un tío con cara de pena —le dije a Whitt—. Por si aparece la prensa.

—Dirán que estaban en las oficinas, consolando a las familias —contestó él—. Si andan por aquí cuando lleguen los periodistas, les harán preguntas difíciles.

Reconocí a una de las mujeres que bajaron de un salto del helicóptero: Taylor Fink, pelirroja de piel clara, soltó su pesado maletín para estrecharme la mano.

Para ser una mujer tan guapa, tenía un apodo horrendo, Finkles, que la seguía a todas partes.

A mí me sonaba a una mezcla de wrinkles y freckles , arrugas y pecas en inglés, muy injusto, la verdad, porque no tenía ninguna de las dos cosas.

—Inspectora Blue —dijo—, ¿qué horrores me tienes reservados esta vez?

Había trabajado con Taylor en un par de casos chungos de trata en Sídney. Habíamos hecho juntas una redada en un burdel de Campbelltown y encontrado dos esclavas sexuales muertas en el sótano. Nos abrazamos, y a mí me costó soltarla.

—¿Qué haces tú aquí? —le pregunté—. ¿Te has ido de Sídney?

—Sí, ahora estoy en Perth. —Sonrió—. Solo me habría ido tan lejos por dinero o por amor.

—Y, a juzgar por esa sonrisa, me parece que ya sé cuál de las dos fue.

Me guiñó un ojo.

Llevé a la forense y a su equipo hasta el pozo y los dejé allí.

Cuando la luna estaba alta y la curiosidad de la mayoría de la población del campamento había remitido, tres de los técnicos forenses salieron de la mina con una camilla cubierta por una sábana. La figura oculta debajo no era plana, sino que yacía fruncida de lado con un brazo en alto. Era Hon.

Taylor se acercó a mí vestida con el EPI blanco, guantes azules y la cámara colgada del cuello. Ninguno de nosotros quería oír en realidad lo que tuviera que decir.

—Había tres cadáveres ahí dentro —nos contó—: dos mujeres jóvenes y un hombre asiático alto.

—Joder —contesté con un suspiro.

—El cadáver de una de las jóvenes es muy reciente —dijo—. Entre veinticuatro y cuarenta y ocho horas. Apenas había ya rigor mortis . Por la lividez de los tres cadáveres, parece que los arrastraron hasta allí en las dos horas inmediatamente posteriores a su muerte.

Se sentó al borde de la mesa y nos enseñó un esbozo que había hecho de la disposición de los cadáveres en el interior del pozo.

Una de las chicas estaba de lado, en posición fetal, con las piernas dobladas.

Hon había caído de rodillas sobre la curva formada por el cadáver de la joven, con un brazo alzado sobre un saliente rocoso.

La otra chica estaba encima de los dos cadáveres, de bruces sobre las rodillas de Hon.

Tori debía haber sido la primera, luego Hon.

La que estaba encima de ellos dos era Amy.

En el boceto, no tenían rostro, rasgos de persona, las manos y los pies estaban redondeados y las extremidades dobladas en ángulos imposibles.

Vi al equipo llevar otra camilla al helicóptero.

—¿Algún indicio de la causa de la muerte?

—Muchos —contestó Taylor—. Una de las chicas tiene una herida en el pecho de este tamaño —dijo formando con ambas manos un círculo del calibre de una pelota de tenis—.

Yo, en tu lugar —añadió, guardándose el cuaderno debajo del brazo—, empezaría a indagar por aquí a ver cuál de estos tíos tiene un arma potente y grande.