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Empecé a escarbar como una posesa, apartando la arena y la tierra de la mano, del brazo y del hombro allí enterrados.
Hon había caído al fondo del pozo con un brazo levantado y solo el nudillo de uno de los dedos asomaba por encima del montículo de tierra, como una piedra blanca y delgada.
El calor extremo del pozo y la riqueza de los suelos habían favorecido la descomposición del cadáver, le habían hecho perder la piel y los tendones del dedo y lo habían vuelto gelatinoso.
Retiré del rostro de Hon la arena que su boca abierta, muerta, de labios negros, vomitaba sin cesar. Mi cámara transmitía imágenes a la mesa de arriba, donde se apelotonaba la gente.
—¡Cielo santo, son ellos! —oí decir a Whitt por el transmisor—. Apartaos. Apartaos todos. Llevaos a esta gente de aquí.
Oí gritos de horror por el transmisor. Dejé de retirar la arena y aguanté allí, contemplando el cadáver medio sumergido.
—Subidme, anda.
Poco después, estaba en la entrada de la mina, con el arnés aún puesto, agradeciendo que me diera el sol en la cara.
Puse el dedo de Hon en una bolsa y se lo di a Whitt.
Perth iba a mandar un equipo forense en condiciones para que bajara al pozo, extrajera lo que hubiese allí y se asegurara de recoger toda la tierra y la arena de alrededor de los cadáveres por si había fibras o pelos que ayudaran a identificar al asesino.
Yo ya no podía hacer más que esperar a ver qué encontraban.
La multitud que se agolpaba alrededor de la mesa donde estaban los portátiles había menguado, sobre todo, sospechaba yo, porque la gente había ido corriendo a contarles a sus amigos lo que habían visto.
La noticia corría como la pólvora. Levanté la vista hacia la valla y descubrí a un par de mineros hablando con miembros de EarthSoldiers a través de la malla metálica de rombos, señalando las paredes altas de la mina y a mí.
David Burns había hecho mutis por el foro.
Y yo me alegré. No sé lo que le habría hecho de haberlo visto nada más salir del pozo en el que había estado a punto de obligarnos a abandonar los cadáveres.
—¿Cuántos crees que habrá allí abajo? —preguntó Whitt.
—No lo sé. —Me aclaré la garganta—. Dos por lo menos. Al retirar la arena del hombro de Hon he visto pegado a su cuerpo un pie que no era suyo. Pero la arena estaba demasiado suelta. Seguía cayendo.
Whitt me dio una palmada en el hombro y fue a hacer unas llamadas a Perth. No vi que Gabe se me acercaba hasta que lo tuve delante.
—Hola.
—Hola —contesté.
Lo miré a los ojos, intentando calibrar sus emociones. Ninguna pista. Se metió las manos en los bolsillos.
—Bueno, parece que tenemos un buen circo entre manos —comentó—. ¿Cuántos técnicos van a mandar?
—Pues vendrá un forense, un equipo de extracción y un par de fotógrafos. Seguramente sacarán los cadáveres superrápido, los meterán en un helicóptero y se los llevarán a Perth. No van a montar mucho lío. No querrán asustar al resto del campamento.
—Me parece que voy a volver al trabajo —suspiró—. No quiero estar por aquí cuando empiecen a sacarlos. ¿Crees que habrá periodistas?
—No lo sé. Si el equipo se lleva los cadáveres a Perth lo bastante rápido, quizá no tengan motivo para venir.
No estaba tan segura de que los de la Científica fueran a poder sacar los cadáveres y volver a Perth antes de que la prensa se enterara.
Ya había mineros por allí haciendo fotos con el móvil.
Alertarían a los periodistas por pura diversión, deseosos de que los entrevistaran, de disfrutar de sus diez segundos de gloria televisiva.
Era lo que tenía llevar una vida aburrida: que te convertía en una estrella en potencia de la telebasura.
Gabe estudiaba mis gestos. Yo sabía de lo que le apetecía hablar, pero no me encontraba preparada para hacerlo.
—Siento lo de tu hermano —me dijo—. Si viene la prensa...
—Gracias —le dije—. No pasa nada.
Me alejé despacio de él, demasiado confundida por lo que habíamos hecho y aterrada por lo que había visto bajo tierra para seguir hablando con él.