Nunca jamás (Harriet Blue 1) 65
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Entrar cabeza abajo me pareció buena idea hasta que descendí unos cien metros.

El diámetro del pozo era tal que, estirando los brazos, podía tocar las paredes de ambos lados mientras me deslizaban, recorriendo con los dedos las grietas que la enorme perforadora había dejado en la arcilla y el barro.

La sangre se me bajó a la cabeza. Allí colgada, el latido del corazón me retumbaba en los oídos y me tiraban los puntos de la herida de la sien.

«Aquí es donde habría caído —musité—. Aquí es donde habría muerto».

—¿Todo bien, Harriet? —oí preguntar a Whitt.

Pulsé el botón del transmisor que llevaba en la cintura.

—Hace calor aquí abajo.

—Recoloca un poco la cámara, por favor —me contestó—. No vemos más que tierra.

Puse recta la cámara que llevaba en el frontal del casco.

La correa del mentón se me clavaba en la mandíbula, donde el sudor se había empezado a escurrir hacia la nariz.

El transmisor de Whitt se encendía y se apagaba con un chisporroteo entre comunicaciones.

Oía a Burns de fondo, protestando aún por la seguridad, el dinero y el tiempo, y por la absurda decisión de dejar que me descolgaran por el pozo.

—Estás a unos trescientos metros —me informó Whitt.

Mientras el cabrestante me iba descolgando poco a poco hacia la nada, me pregunté cómo sería morir si, de pronto, había un derrumbe en el interior del pozo.

Un súbito crujido. Quedarme sin aire en los pulmones.

La tierra metiéndoseme en los ojos y en la boca.

Una tumba eterna, más profunda de lo que jamás había imaginado.

Respiré despacio mientras descendía, viendo rebotar las sombras en las paredes.

—Seiscientos metros.

El arnés me estaba magullando los hombros, pero no me atrevía a ponerme más cómoda. Si me escurría, caería en picado cuatrocientos metros hasta el fondo, en la más profunda oscuridad.

—Novecientos veinte.

—Creo que ya veo el fondo —resollé. Hacía un calor increíble. El sudor me rodaba por los antebrazos y me caía de las yemas de los dedos—. Ya veo la gorra.

El torno siguió soltándome. Me estaba acercando al fondo del pozo demasiado rápido.

—¡Parad! ¡Parad!

El cable que me sujetaba se detuvo en seco, resonando y haciéndose eco del temblor de la maquinaria lejana que lo accionaba. Cogí la gorra de Hon y me la metí por el arnés.

—¿Dónde está la piedra blanca que habías visto? —preguntó Whitt.

Giré la cabeza y la vi: una piedra larga y delgada en la superficie del suelo de tierra. Alargué la mano y me quedé a solo unos centímetros de alcanzarla.

—Bajadme un poco.

Tras dos fuertes chasquidos metálicos, descendí unos treinta centímetros. Agarré la piedra y la desenterré. Y me vi de pronto con un dedo en la mano.