Nunca jamás (Harriet Blue 1) 64
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Vi que Gabe andaba en medio de un corrillo de personas amontonadas alrededor de la mesa instalada a la entrada de la mina, pero me hice la loca y él tampoco se acercó.

No sabía cuándo hablaríamos, pero seguro que querría hacerlo.

Me avergonzaba de habérmelo tirado en medio del desierto, de haberlo utilizado para saciar mi necesidad primitiva y desesperada de que me abrazaran, de que me distrajeran de mi vida.

Estaba también la humillación por lo de Sam, por que, siendo inspectora de Delitos Sexuales, no hubiera sido capaz de impedir que mi hermano cometiese varios de los delitos más horrendos de la historia del país, o al menos evitar que lo acusaran de ello.

Por encima del hombro, lo vi deambular junto al grupo que rodeaba la mesa de los ordenadores, mirando algo en el móvil.

¿Estaría buscando titulares ahora que sabía lo mío? ¿Se estaría informando sobre mi pasado?

En la mesa plegable que teníamos delante, habían colocado dos portátiles grandes para mostrar las imágenes de vídeo de una GoPro que se estaba bajando al pozo de la mina.

Yo había identificado el túnel de exploración hasta el que me había llevado el asesino y había comentado con Burns y su equipo, y con la cuadrilla de obreros que él había organizado, los gritos que había oído, procedentes del interior.

Había dos juegos de pisadas en la arena y en la tierra del entorno del pozo, y un manchurrón de mi sangre en la pared, indicio claro del punto en el que me habían atizado, donde había luchado cuerpo a cuerpo con el hombre que me había agredido, pero, cuando quise enseñárselo a Burns, este alumbró con la linterna otro sitio.

El tío era demasiado cabezota para tomarme en serio ni aun entonces.

Whitt y yo observamos las pantallas de los portátiles mientras la GoPro iba entrando en el pozo.

La luz de la cámara mostraba únicamente un círculo negro, paredes rocosas que iban quedando atrás a medida que la cámara se sumergía en la tierra.

La gorra que yo había visto a apenas tres o cuatro metros de la boca del pozo había desaparecido.

—¿Qué profundidad tiene? —pregunté.

—Un kilómetro o así —contestó un minero joven—. Esa es la profundidad que alcanzamos en todos los pozos de ese lado de la mina antes de seguir adelante.

—Si no ha habido derrumbes —terció otro—, porque no están apuntalados.

Nos quedamos todos allí observando el agujero negro. Los mineros que entraban y salían de la mina se detenían de vez en cuando a preguntar qué estaba pasando. No tardó mucho en verse una figura. El fondo circular del pozo. La gorra azul, roja y blanca.

—¡Ahí está la gorra! —grité.

—Y el fondo del pozo —replicó Burns, sin disimular su alegría—. No hay cadáveres, como yo les había dicho.

Me quedé allí plantada, mirando como una boba el fondo del pozo, la arena, la tierra y las piedrecitas que había allí. Burns comunicó por radio a la directiva que no habíamos encontrado nada. Los que me rodeaban empezaron a relajarse visiblemente. Dos o tres se fueron.

—Un momento..., ¿qué es eso? —dije, dando un golpecito en la pantalla.

Había un objeto alargado y blanco al lado de la gorra. Se avisó por radio a los hombres que estaban dentro y bajaron un poco la cámara. El objeto se veía desenfocado. Burns se acercó al portátil y se inclinó hasta casi pegar la nariz a la pantalla.

—Es una piedra —contestó.

—¿Una sola piedra blanca y luminosa en el fondo de un pozo de piedra en su mayoría gris, negra y marrón?

Burns me miró apretando los dientes. Se agachó enseguida y cogió del suelo una piedra de color claro.

—¿Ve esto? —espetó—. Es una piedra blanca. ¡Y esto también! ¡Piedra blanca! —Volvió a agacharse y cogió otro puñado de tierra y piedras—. Aquí habrá como un millar de colores distintos, joder.

—¡Eh! —le soltó Whitt—. ¿Qué tal si le habla a mi compañera con un poco más de respeto?

—¿Respeto?

—Sí, un poco más de respeto, cojones —replicó Whitt, haciéndole retroceder—. No me gusta su tono. Se lo podemos poner fácil o empezar a complicarle las cosas. Está usted entorpeciendo una investigación policial, amigo.

—Ustedes están entorpeciendo mi negocio. Se encuentran en mis instalaciones sin orden de registro —dijo exaltado—. ¿Desde cuándo se antepone la curiosidad de un solo policía a... a la lógica? ¡A las pruebas! ¡A la puta realidad!

—Que me metan en el pozo —dije.

Whitt y Burns se volvieron a mirarme.

—¿Qué?

—He dicho que... me... metan... en... el... pozo —repetí, deteniéndome en cada palabra.