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La de los pendientes bonitos soltó un berrido. Cuatro o cinco personas se levantaron. Todos asustados, boquiabiertos. Seguro que ninguno de los presentes había presenciado un acto violento en mucho tiempo. Se me pasó por la cabeza que quizá fuera lo que necesitaban.
—Sí hay más que hablar —dije, apartando de un puntapié el pestillo de la puerta, que había reventado y saltado a la moqueta.
El benjamín de la directiva parecía impresionado, aunque lo disimulara. Whitt entró corriendo y empezó a balbucir, intentando disculparse, aplacar un poco los ánimos, pero le hice callar con una miradita.
—Samuel Jacob Blue es mi hermano —espeté.
Se produjo un silencio y me miraron todos fijamente. Burns se levantó indignado de la silla, con el rostro púrpura de rabia.
—¿Qué demonios está diciendo?
—¡La hostia! —dijo el benjamín—. ¿Samuel Jacob Blue? ¡Es el asesino del río Georges! —exclamó mirando a los demás, pero los otros no sabían a qué se refería—. No para de salir en las noticias. Lo acaban de detener en Sídney.
—Yo estoy aquí, en este estercolero dejado de la mano de Dios, porque mi comisario quería mantenerme alejada del acoso de los medios por el arresto de mi hermano —expliqué—.
Lo detuvieron hace cinco días, acusado de tres agresiones sexuales graves y de asesinato.
Y lo acusarán de más cosas. Por ahora, he podido contener a las decenas de periodistas que intentan sacarme algún comentario.
Se plantan en la puerta de mi comisaría, de mi casa; me saturan el móvil con llamadas, mensajes, correos electrónicos.
Ahora mismo, soy la entrevistada más buscada del país.
Crucé una mirada con Gabe. Lo había dejado pasmado, pero, mientras soltaba todo aquello, no fui capaz de pensar en lo que sacrificaba, en lo que significaría en cuanto los mineros se enteraran, en cuanto los de la calaña de Richie y compañía, y cualquier otro personajillo peligroso de los que merodeaban por la mina, supieran quién era.
En esos momentos, lo importante era encontrar a los mineros desaparecidos y me movía una desesperación absoluta.
—Como no lleven a cabo un registro de la mina en busca de esos jóvenes, voy a empezar a atender las llamadas de los periodistas —los amenacé—.
Voy a decirles dónde estoy. Van a venir aquí a buscarme y, cuando quieran darse cuenta, el país entero, puede que el mundo entero, tendrá los ojos puestos en este sitio.
Si les parece que yo les intereso, imagínense lo que les va a gustar el caso en el que estoy trabajando.
Se hizo de nuevo un silencio absoluto y en aquella quietud fue cuando caí en la cuenta de que estaba temblando de rabia. Había renunciado a todo y, tanto si la amenaza surtía efecto como si no, ya no había dónde esconderse.