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Sentada ante la puerta de la sala de juntas de la directiva, con Whitt al lado, saqué el móvil y busqué el palabro en internet.
— Looping —leí—: «Término del activismo medioambiental referido a la práctica de enroscar cadenas pesadas alrededor de un equipo considerado perjudicial para la causa y sujetarlas con candados industriales.
Los activistas a veces encadenan máquinas grandes entre sí o clausuran con las cadenas instalaciones esenciales con el fin de ralentizar la producción».
—¡Qué apañados!, ¿no? —dijo Whitt.
No pude resistir la tentación de mirar si había alguna noticia sobre Sam.
Sabía que la información relativa a las pruebas reunidas debía mantenerse en secreto unos días mientras la fiscalía preparaba la vista preliminar.
No tenía sentido que mostraran todas sus cartas en una fase tan temprana del juicio. Pero siempre se filtraba algo.
Leí de pasada algunos titulares, incapaz de ahondar más.
BLUE LLORA EN PRISIÓN PREVENTIVA, SEGÚN LOS GUARDIAS.
«ME DIJO QUE ME IBA A MATAR», CONFIESA UNA DE LAS JÓVENES
A LAS QUE BLUE ASALTÓ EN LA SENDA CICLABLE.
TORTURABA ANIMALES, SE HACÍA PIS EN LA CAMA
HASTA LA ADOLESCENCIA, REVELA UNO DE LOS PADRES
ADOPTIVOS DE BLUE.
Hice clic en el último enlace y luego lo dejé. No podía centrarme en eso ahora. Me iba a poner furiosa y, si pretendía convencer a la directiva de que nos apoyaran en la búsqueda de los mineros desaparecidos, debía mantener la serenidad.
—¿Qué hacemos aquí sentados como un par de colegiales esperando al director? —dije.
Me levanté y abrí de un empujón la puerta de la sala de juntas. Doce personas, hombres y mujeres trajeados, se encontraban reunidas en torno a una mesa alargada de pino. Burns era el único que estaba de pie.
—... es pura invención —estaba diciendo. Casi se ahogó al verme.
Gabe, que venía corriendo por el pasillo, se detuvo al lado de Whitt.
—¿Me he perdido algo? —preguntó.
—No —suspiró Whitt—. Llegas justo a tiempo para ver el espectáculo.
—¡Buenos días! Vaya, vaya, menudo panorama.
Mírense —dije, señalando con el brazo a todos los presentes—.
Tan impecables. Bonitos pendientes, señorita.
Muy estilosos. Me alegra ver el tiempo que han dedicado todos a ponerse guapos para esta junta mientras los cadáveres de cuatro de sus empleados se pudren bajo tierra a la espera de que los encuentren.
—¡Cielo santo! —exclamó la mujer de los pendientes y, agarrándose el pecho, miró a Burns—. ¿Lo dice en serio?
—Esto es precisamente lo que os decía —contestó Burns con los ojos en blanco.
—Veinte minutos llevamos ahí fuera —tercié, señalando la puerta—. Eso son veinte minutos más que las familias tienen que esperar para saber qué ha sido de sus hijos. ¿Serían tan amables, panda de lerdos pomposos, de dejarse de chorradas y autorizar la búsqueda, por favor?
—Querríamos informarnos primero de la situación, señorita Blue —contestó un hombre mayor, separando las manos con aire razonable—. El señor Burns nos estaba poniendo al tanto. Por lo que sabemos de momento, todo esto está relacionado con la desaparición de Daniel Stanton, ¿no es así?
—Señorita no, inspectora —dije, y noté que me crujía la mandíbula—. Y, sí, es por la desaparición de Daniel Stanton, Hon Lu y Tori y Amy King.
—El caso es que la policía de Perth me dio a entender que no había indicios de que esos mineros hubieran sufrido daño alguno.
—Miró a los otros miembros de la junta—.
Por ejemplo, nos dijeron que a Hon Lu lo había enfadado mucho que los activistas saquearan los almacenes de comida y había huido del campamento, avergonzado por no haber sabido impedirlo.
También nos dijeron que Tori King se marchó por problemas personales y que su hermana fue a buscarla.
Por otra parte, aunque se han encontrado algunos restos de Daniel, hasta la fecha no hay motivo para creer que ninguna de esas desapariciones, incluida esta última, se deba a...
—¿Un crimen? —dije señalándome la cabeza—. ¿Esto no le parece crimen suficiente?
—Ah, sí, David nos ha puesto al corriente de sus... afirmaciones de que fue agredida por un hombre al que cree responsable del paradero de los mineros desaparecidos. Señorita Blue, en serio, debo pedirle que...
—Como alguno de ustedes me vuelva a llamar «señorita Blue», voy a perder los estribos —espeté.
—¿No los ha perdido ya? —replicó Burns, sonriente.
—Uy, no —respondí sonriendo yo también—, no he empezado siquiera.
—Sin mayor corroboración de su relato, inspectora Blue —dijo el anciano con retintín, cruzando las manos sobre la mesa—, lo siento pero no puedo autorizar un uso tan gravoso y prolongado de nuestros recursos.
La mina estuvo cerrada cinco horas anoche después de su...
accidente. Eso nos costó una suma aproximada de setenta y cinco mil dólares.
Si añadimos las dificultades que hemos tenido esta mañana debido a la desactivación de algunos de nuestros equipos por parte de los activistas de la zona, nuestro objetivo, ahora mismo, debe ser reanudar las operaciones.
No hay pruebas de que Daniel Stanton ni ningún otro de los jóvenes que menciona haya sufrido la agresión deliberada de nadie, ni en la mina ni fuera de ella. Y no hay más que hablar.
—No hay más que hablar, ¿eh?
Me miraron todos fijamente, un muro humano de terquedad vestido de seda y lana cara.
Había un hombre joven, obviamente el benjamín de la directiva, que parecía decididamente culpable.
Me tomé su vergüenza silenciosa como un pequeño triunfo, una victoria lo bastante grande como para abandonar la sala sin liarme a puñetazos.
Quieta junto a la puerta, oí que cerraban por dentro. No estuve allí lo suficiente para que Gabe y Whitt pensaran en qué decirme. Los miré, di media vuelta y, de una patada, volví a abrir las puertas de la sala de juntas.