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Me quedé en los escalones del barracón y dejé que la enfermera viniera a mí. Quería que me vieran los mineros. «Sí, hay un asesino entre nosotros. El peligro es real. Dejad de hacer como si nada».
Llevaba la ropa sucia de tierra y media cara embadurnada en sangre. Cuando la enfermera terminó de limpiarme las mejillas y el cuello, la gasa estaba completamente roja.
—Vamos a ver —me dijo mientras me cosía el cuero cabelludo—, me parece una temeridad que no te vengas conmigo a la enfermería. Se te está metiendo el polvo y la porquería en la herida.
—No pasa nada —contesté con los ojos cerrados—. Nunca he visto «Muerto por porquería» en la portada de un periódico.
—No es solo eso. —Apretó el punto, apoyando en mi frente la base de su mano enguantada—. Creo que deberían llevarte en helicóptero a Perth. Tendrían que hacerte una resonancia. Podrías tener una fractura craneal.
—No tengo una fractura craneal.
—¿Cómo lo sabes, genio?
—Porque me he abierto el cráneo tres veces en el cuadrilátero. Conozco la sensación.
—O sea, que eres boxeadora... Eso lo explica un poco.
Oí pasos y Gabe apareció en mi campo de visión. Me vio la herida de la cabeza.
—¡La hostia!
—No pasa nada.
Me habían dado unos cuantos golpes en mi vida, así que no me preocupaba mucho mi cabeza. Sin embargo, la cara de Gabe me devolvió a aquellos primeros años. Una buena paliza parece peor en una mujer. Según de qué familia vengas, casi siempre resulta impactante.
La enfermera me dejó marchar y yo chasqueé el cuello. Al levantar la vista, vi que, además de Gabe, tenía delante a Whitt y a un hombre con pantalones de vestir y una camisa blanca impoluta.
—Harry, este es David Burns, el responsable de operaciones en este momento.
Le tendí la mano ensangrentada. La miró horrorizado.
—Bueno... —Bajé la mano—. Supongo que era lógico esperar tanta amabilidad por su parte como cuando llegamos.
—Discúlpeme, señorita Blue. La directiva ha estado muy ocupada este mes.
—Inspectora Blue —lo corregí.
—Todo esto me tiene espantado —dijo Burns, mirándome la herida de la cabeza—. Si no me equivoco, se encontraba usted casualmente sola en una de nuestras zonas de operaciones, ¿no es así?
—Ah, no, me encontraba intencionadamente sola —repliqué—. Pedí ayuda para encontrar a Amy King hace por lo menos nueve o diez horas. No he visto ni una sola partida de búsqueda. Entiendo que eso no habrá sido casual...
Burns infló el pecho.
—No he organizado ninguna partida de búsqueda, señorita Blue, porque no hay indicios de...
—Ahora los hay —lo interrumpí—. He visto la gorra de Hon.
Gabe y Whitt se miraron.
—Antes de arrojarme al pozo, el asesino ha tenido el detalle de encender su linterna e indicarme dónde iba a terminar.
Al mirar dentro, he visto una gorra con la bandera australiana colgando de la pared del pozo, enganchada en una raíz o una piedra o algo así.
Es la misma gorra hortera que lleva Hon Lu en una de las fotos que recogí de la escena del crimen.
Burns resopló y miró a otro lado.
—Querrá decir de su dormitorio...
—Sí, cuando asesinan a alguien, solemos llamar «escena del crimen» al último sitio en el que fue vista la víctima. —Sonreí—. Porque pensamos que es la escena donde tuvo lugar el crimen.
—Bueno, bueno —intervino Whitt nervioso—. Vamos a comportarnos. Lo mínimo que podemos hacer es cerrar la mina, asegurarnos de que todo el mundo está a salvo y echar un vistazo al pozo.
—Lo mínimo que podemos hacer es nada, señor Whittacker —espetó Burns, con las manos en los bolsillos—. Esta investigación ha sido una farsa desde el principio. Todo el mundo está a salvo. Además, poner en marcha una excavación en busca de... ¿de qué?, ¿de pistas...?, es una propuesta absurda.
—De cadáveres, imbécil —le solté, levantándome, posiblemente demasiado rápido—. Buscamos cadáveres. Creo que Hon y Tori están ahí dentro. Quizá Amy también. Si no autoriza la búsqueda, voy a bajar ahí yo misma, joder.
—Señorita Blue —dijo Burns—, ha sufrido usted una fuerte conmoción. No sé qué es lo que cree haber visto...
—¡¡Inspectora Blue, gorila descerebrado!!
La enfermera soltó una sonora carcajada y luego intentó taparse la boca.
—Lo que cuenta no tiene sentido —prosiguió Burns—.
Se ha metido sin permiso y sola en una zona restringida de la mina, poniéndose en peligro y poniendo en peligro a mi personal, y luego se inventa no sé qué historia sobre...
¿una agresión? No ha visto ni a su supuesto agresor y, en cambio, asegura haber visto en un pozo una gorra que, según usted, es prueba de...
—Yo a este tío me lo cargo —le dije a Whitt con calma—. Como no os lo llevéis de aquí ahora mismo, lo estrangulo con su corbata.
—Muy bien... —Whitt cogió a Burns del hombro—. Señor Burns, ¿por qué no charlamos aquí...?
Cuando Gabe me tocó el hombro, reculé del susto. Me noté la piel electrizada.
—Se supone que el resto de la directiva llega mañana por la mañana —dijo—. ¿Por qué no lo dejamos estar por hoy?
—¿Dejarlo estar? —repetí—. ¡Dejarlo estar! Sí, claro, dejamos estar al hijo perdido de alguien en un pozo oscuro en medio de la...
—Ya, ya... —Asintió con la cabeza, frotándome el hombro—. A mí no me tienes que convencer. Estoy contigo al cien por cien, Harry.
—Por lo menos alguien lo está —contesté—. Lo de este sitio es... desesperante. Desesperante de cojones. Si la dirección no nos echa una mano, Gabe, va a morir más gente, te lo aseguro.