58
Resbalé por el suelo, agarrándome a lo que podía.
Fui acumulando tierra hasta que mis manos toparon con un tablón de madera que señalaba el borde mismo del pozo.
Me nublaba la vista una especie de estallidos de luz púrpura y el resplandor de la linterna me deslumbraba por completo.
Me agarré fuerte. Con las piernas pateaba la nada.
—¡Cobarde! —gruñí—. ¡Cobarde de mierda!
Me temblaban los brazos. Sabía que ese tío aún estaba ahí, en la oscuridad.
Como me pisoteara las manos estaba perdida.
Caería al abismo. «Algunos de esos agujeros tienen kilómetros de profundidad», me resonó la voz de Amy en la cabeza.
Oía retumbar mis propios gritos en el pozo.
Allí colgada, esperé a que me rematara, pero el sonido de sus pasos alejándose interrumpió mi propia respiración aterrada.
Aquello me dio la fortaleza necesaria para buscar un punto de apoyo, para trepar por el agujero.
Tendida en el suelo, bocabajo, respiré, con los puños aún llenos de tierra, como si fuera a caerme si los soltaba.
Sabía que, si gritaba, el túnel le haría llegar mi mensaje.
—¡Te voy a encontrar! —aullé con voz temblona—. ¡Voy a por ti, capullo!