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La guerra era compleja. Pocas personas lo entendían tan bien como el soldado.
Caminó despacio por el túnel, arrastrando a la inspectora Harriet Blue, inconsciente, por los tobillos.
Se volvía a mirarla de vez en cuando, como si hablara con ella, como si pudiera instruirla con sus pensamientos.
Con los brazos y las manos arrastrándose más allá de su cabeza, iba surcando las piedras y los baches.
La guerra tenía su parte científica, se dijo.
Los cálculos estratégicos. El riesgo frente a la recompensa.
La gestión de la probabilidad, la expectativa, la información.
Podía medirse en sus millones de variables, contrastando el entorno óptimo con la tecnología disponible, el nivel de entrenamiento con la calidad del liderazgo, pero eran las variables morales las que interesaban al soldado.
La forma en que el campo de batalla podía favorecer o destrozar la lealtad.
Engendraba héroes. Engendraba traidores. El mundo necesitaba la guerra.
Mientras la llevaba hacia el agujero, el soldado tenía que tomar muchas decisiones importantes.
Lo había hecho a menudo en el campo de batalla.
«¿Debía morir aquel hombre?». Se había hecho aquella pregunta centenares de veces.
Había cruzado furioso las trincheras y los búnkeres cosiéndolo todo a balazos, recibiéndolos él, con los ojos llenos de polvo, la chaqueta llena de sangre y un montón de hombres gritando a su alrededor.
Habían despejado estancias en enclaves estratégicos, una por una, masacrando al enemigo en el interior de sus bases.
Mientras iba de cuarto en cuarto con su escuadrón, en ocasiones se quedaba mirando a un soldado enemigo tirado en el suelo con un disparo en el vientre.
«¿Debería morir este hombre?». A veces apretaba el gatillo; otras, los dejaba sufrir, que fuera otro quien se apuntara el tanto; otras, algo le producía admiración, como el corte de la ropa, la forma de gestionar el dolor, el que protegieran de los disparos a las mujeres con su propio cuerpo...
, y seguía adelante, sin apretar el gatillo.
Allí quieto, observó cómo la inspectora Harriet Blue volvía en sí, se ponía de lado, se agarraba la cabeza ensangrentada. La vio palpar a oscuras, adivinar dónde estaba, levantarse de pronto, con las manos al frente, intentando decidir qué había ocurrido.
«¿Debería morir?», se preguntó el soldado.
La admiraba muchísimo, desde luego. Era un buen adversario.
Disfrutaba jugando con ella. Antes de que le diera tiempo a decidirse, ella debió de oírlo y corrió hacia él.
El soldado la agarró del pelo y la estampó de bruces contra el suelo, se subió encima de ella y volvió a sacarse la linterna del cinto.
Agarrándola aún por el pelo, encendió la linterna.
Se aseguró de que ella viera bien el agujero que tenía delante, la infinita profundidad, la oscuridad.
«Ahí es donde vas a terminar, zorra». La levantó, retrocedió y la arrojó dentro.