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—¡¡Te voy a matar!! ¡Te voy a matar, joder!
Las palabras resonaron por el túnel minúsculo, rebotando en las paredes oscuras.
El soldado observó la silueta de la inspectora Blue a la entrada del túnel de exploración, sacando el arma y quitándole el seguro.
Pulsó el botón de reproducción de la pequeña grabadora que llevaba en la mano. El grito de Amy sonó estridente.
—¡Socorro! ¡Que alguien me ayude!
—¿Quién anda ahí? —bramó Blue.
El soldado retrocedió con sigilo, despacio, y se ocultó en un recodo del túnel.
Una vez protegido por la oscuridad, se ajustó las gafas de visión nocturna y las activó.
Sonó un zumbido suave y una nube gris flotó delante de sus ojos.
Luego apareció ella, avanzando cautelosa por la tierra blanda, un pie y luego otro, con la cadera por delante y el arma en línea recta, sujeta con ambas manos, lista para disparar.
Los movimientos lentos y prudentes de una araña.
Al soldado le gustaba verla así, en modo ataque.
Retrocedió, dando zancadas mayores, hasta alejarse lo suficiente.
Con la grabadora en el bolsillo para ahogar el ruido del rebobinado, echó la grabación hacia atrás y volvió a reproducirla.
—¡Socorro! ¡Que alguien me ayude!
Se detuvo de nuevo, pegándose a la pared del túnel, y la vio acercarse despacio, a ciegas.
La inspectora sujetó la pistola con una mano y alargó el otro brazo; cuando lo hizo, él notó el pequeño temblor, la única parte del cuerpo de su rival que no estaba tensa, como un resorte a punto de saltar.
Hasta veía la rigidez de los músculos de su cuello y la vena hinchada en la sien sudorosa.
Se acercó un poco más, casi la tenía encima, con los ojos como pozos blancos a la luz de las gafas de visión nocturna.
Fue una tortura verla pasar por su lado sin tocarla, sin darle un toquecito, un pellizquito.
Debió respirar demasiado fuerte, porque la inspectora se volvió de pronto, manoteando en la oscuridad.
—¿Dónde estás? —dijo.
—Aquí mismo —contestó él.
El soldado le dio una patada en la espinilla y la hizo precipitarse hacia delante; luego le soltó un bofetón en la cara.
El arma de la inspectora salió volando por el túnel.
Ella quedó despatarrada en el suelo, pero, como buena boxeadora, no tardó en contraatacar.
Se abalanzó sobre las piernas de él y el soldado no pudo reprimir una carcajada mientras caía con ella.
¡Qué tigresa tan graciosa! No podía evitar las bravuconadas.
Pero aquel no era su juego.
El soldado se sacó la linterna del cinto y le atizó en la cabeza con ella.
La dejó inconsciente.