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«Qué. Coño. Has. Hecho».
Caminé por el campamento limitándome a ir por los pasillos que formaban los barracones, sin rumbo específico, escondiéndome más de mis propios pensamientos que de una amenaza real.
Estaba tan agotado por lo que Gabe y yo habíamos hecho en el desierto que de vez en cuando me detenía y miraba al cielo.
«Pero. Qué. Coño».
«Me he acostado con un tío en plena investigación».
«Me he acostado con un tío al que apenas conozco, en plena investigación».
«Me he acostado con un tío aquí, mientras sigo atrapada en el puto culo del mundo y Sam podría pasar el resto de su vida en la cárcel y alguien anda cargándose a los mineros como el que tumba patitos en la feria e intenta darnos caza a Whitt y a mí, manipulándonos como si fuéramos fichas de un juego».
Al volver en mí me di cuenta de que estaba en la entrada de la mina.
Un camión que pasaba ruidoso por mi lado arrojó una luz anaranjada sobre los enormes muros de piedra.
Recordaba vagamente haber visto a Linebacker por el camino, estaba fumándose un cigarro en la primera plataforma de la enorme grúa.
Lo había visto, pero no lo había visto, porque tenía la cabeza en otra cosa.
Aunque sí sabía lo que me había llevado hasta allí.
Era el último sitio en el que había estado con Amy.
Como sabía que no podría dormir con aquel barullo mental que llevaba, decidí echar un vistazo allí dentro arriesgándome a que alguien me parara y me dijera que saliera cagando leches de la zona de extracción si no quería acabar muerta.
Quizás, si conseguía fingir que sabía a dónde iba, nadie se fijaría en mí.
Cogí un casco del estante, firmé con naturalidad en el puesto de seguridad y empecé a caminar por los túneles superiores.
Escudriñé cada uno de los rostros con los que me cruzaba en la oscuridad, saludando sombría con la cabeza.
«Voy a ver a un testigo. Nada de particular».
Eran todos tan jóvenes que me sorprendí preguntándome qué pensarían sus padres sobre el hecho de que sus hijos e hijas trabajaran en algo tan peligroso, tan lejos.
Aunque seguramente estaba proyectando mis fantasías de adolescente sobre los padres y su preocupación por sus hijos.
A fin de cuentas, yo no había experimentado la sensación de seguir siendo la niña de papá o mamá, por más que casi fuera una adulta.
No había vivido eso de tener que llamar para avisar que ya había llegado a casa después de una salida nocturna o pedir que me comprara cosas para mi apartamento...
A lo mejor los padres de verdad no eran tan pegajosos.
No lo sabía. Si hubiéramos tenido padres de verdad, ¿cómo lo estarían pasando ahora con Sam encerrado y un grupo de personas de mi propio departamento policial reuniendo pruebas para la audiencia preliminar?
Mis padres de mentira, cuando me los imaginaba, eran mayores de lo que deberían haber sido.
Asustados, aterrados, corrían los visillos mientras los periodistas aporreaban la puerta.
Me veía protegiéndolos de la prensa, pidiéndoles que no abrieran a nadie, que no prestaran atención a las cosas horrendas que decían en las noticias.
Yo era su heroína en aquellos momentos terribles.
Pero no. Estaba sola. Debía decidir cómo gestionar aquello y, de momento, no había tomado ninguna decisión definitiva.
Pops me había obligado a largarme al culo del mundo, donde no había tardado en estar a punto de conseguir que me mataran a mí y a mi compañero, para luego lanzarme a los brazos del primer tío que hacía una broma medio decente en mi presencia.
La atroz autocrítica a la que me estaba sometiendo se vio interrumpida por un grito.
Un chillido de sorpresa, una pausa y después un alarido.
Me detuve en seco. Ya me había adentrado en la mina y me encontraba sola en una de las principales vetas que salían de la caverna de entrada.
A mi lado colgaba una hilera larga de bombillas doradas cuya luz apenas se filtraba en un estrecho túnel de exploración cerrado con una barrera de madera en la que ponía no pasar.
Contemplé el vacío, intentando distinguir algo más allá de la barricada.
¿De verdad había oído el grito o había sido fruto de mi mente?
Me llevé la mano a la linterna de la parte superior del casco y la encendí.
No funcionaba. Debía haber cogido el casco del estante de los que estaban pendientes de recarga.
Eché la vista atrás, hacia el lugar del que venía, preguntándome si sería capaz de volver para pedir ayuda si deshacía el camino por el túnel principal.
Se oyó el grito otra vez. Saqué el arma.