Nunca jamás (Harriet Blue 1) 54
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Dejó las palabras suspendidas en el aire. Se me revolvió aún más el estómago; mi cuerpo me decía que estaba demasiado cerca de aquel tío, que era demasiado vulnerable, que, si dejaba que me atrapara con sus secretos, tendría que ofrecerle alguno de los míos a cambio.

—La nuestra fue una gran historia, ¿sabes?

—me dijo, estirando las piernas—. Cuando oí a mi padre contarla en el brindis de la boda, me pareció inventada.

Ella y sus amigas iban a un evento en una galería de arte, de punta en blanco, con vestidos de noche y todo eso.

Era algo benéfico. Yo iba camino del trabajo, en el coche, y al ver a aquel grupo que parecía salido de una sesión de fotos casi me empotro en el camión que iba delante.

Entonces se abre el cielo y empieza a llover a mares.

Un diluvio —aclaró haciendo el gesto con las manos.

—¡No fastidies! —comenté riendo.

—Las vi tan apuradas que grité: «¡Subid! ¡Subid!». Se estaban poniendo como sopas. No había dónde refugiarse por allí. Ni se lo pensaron. Subieron al coche.

—¿No les preocupó en absoluto que pudieras ser un psicópata?

—Bueno, yo iba con el uniforme de McDonald’s...

Solté una carcajada.

—¿Qué? ¿Cuántos años tenías?

—Diecinueve. —Se me asentó un poco el estómago—. Michelle se puso delante. Cuando llegamos a la puerta de la galería, le pregunté si no prefería ir a tomar un helado ¡y aceptó! Pasé de ir a trabajar y nos largamos juntos en el coche.

—Pues sí que parece inventado, sí.

—¿Verdad? Lo más alucinante es que un año después me casé con ella.

—Se hizo el silencio entre nosotros y Gabe se puso un poco triste—.

Yo no estaba a su altura. Quedó claro aquella primera noche cuando nos conocimos, y siguió siendo así durante el compromiso, el matrimonio...

Accedió a mudarse a la periferia con un bruto, un gañán, cuando podía haber estado bebiendo champán con estrellas de cine, igual que su familia.

Cuando tuvimos a nuestra segunda hija, ella cambió.

—Suspiró—. Salía mucho. Teníamos unas trifulcas tremendas. Me odiaba, ¿sabes?

—¡Vaya! —exclamé.

—Me pareció que, si me iba, le facilitaría las cosas.

—Y te viniste aquí...

—Sí —contestó—. Y al cabo de un tiempo dejé de volver a casa. Hacía una tanda detrás de otra y no llamaba. Le proporcioné una vía de escape. Y la aceptó.

—¿Sigues viendo a tus hijos?

—Siempre que puedo —respondió—. Quizá así es mejor para ellos. Y para Michelle también. Está estudiando Derecho.

—Estudiar Derecho no te calienta por las noches —dije yo.

Se dibujó una sonrisa en su rostro.

—No, no, claro. Y se debe de estar pelando de frío, porque yo soy bastante fogoso —añadió limpiándose el sudor de la frente y sacudiéndose la mano después.

Solté una carcajada sonora, de las que rara vez suelto en compañía de desconocidos.

Le dio la risa a él también. Me pasó un brazo por los hombros, me estrechó contra su cuerpo.

Yo cerré los ojos con fuerza y se me revolvió el estómago otra vez, de emoción y de pánico cuando se juntaron nuestros labios.

Alerta. Alarma. Pánico absoluto. Una ráfaga de imágenes me pasó por delante de los ojos.

Sam. Las chicas muertas. Aquel cuarto raro que salía en las fotos del panel de la sala de investigación.

Danny. Hon. Tori. Amy. Whitt. Los oscuros túneles, descendiendo más y más hacia la nada.

«Déjate llevar —me dije—. Déjate llevar, joder».

Me instalé a horcajadas en su regazo, le pasé los dedos por el pelo empapado en sudor.

Él me apretó contra su cuerpo, estrujándome.

—¡Ay, Dios! —susurró con la frente pegada a la mía.

Y yo le enrosqué los brazos en el cuello.