53
Aun sabiendo la bronca que nos iba a caer si Linebacker nos pillaba, nos escapamos del campamento y salimos al desierto.
No había ni una nube en el cielo, inmenso y sembrado de estrellas.
Era una noche calurosa: el calor abrasador del día apenas se había disipado aún.
Paseamos un rato en silencio y, casi con la misma naturalidad con que lo había hecho cuando estábamos sentados en los escalones de mi barracón, Gabe volvió a cogerme la mano.
Sentí un cosquilleo por el cuello; aquella especie de excitación que se superponía a las náuseas de mi estómago revuelto me trajo recuerdos de la última vez que alguien había paseado así conmigo.
Todo lo que había sentido por antiguos amantes quedaba ya lejos y era doloroso.
Noté que mi cuerpo se rebelaba. En el horizonte, el púrpura del atardecer persistía como una niebla.
Encontramos una piedra grande y plana y nos sentamos sobre ella, el uno al lado del otro, a ver salir la luna. Se podía sentir el calor agradable que desprendía la superficie de la roca.
—Si quería matarte, ¿cómo es que no estás muerta? —me preguntó de pronto.
Tuve que pensarlo. La experiencia cercana a la muerte de ese día era lo último que tenía en la cabeza. Alguien había intentado matarme, pero era el tacto de la mano de un desconocido en la mía lo que me aterraba.
—Uf, ya sabes, nos hemos librado gracias a mi velocidad y agilidad sin parangón —contesté.
Rio.
—¿Las de Whitt tampoco tienen parangón?
—No, lo suyo es suerte.
Me acordé de lo que me había contado mientras nos refugiábamos entre los peñascos y miré hacia el campamento, preguntándome cómo le estaría yendo en la enfermería.
Lo había dejado al cuidado de las enfermeras, que le estaban quitando los vaqueros y retirándole la camisa empapada en sudor.
Gabe me siguió la mirada y vio la pistola, que me asomaba por la parte trasera de la cinturilla de los pantalones.
—¿La llevas a todas partes?
—A partir de ahora, sí —contesté y me la tapé con la camiseta.
—Apuesto a que unos cuantos hombres se habrán llevado un susto al ir a tocarte el culo y encontrarse con una Glock reglamentaria.
—En mi pueblo, nadie te saluda tocándote el culo.
—Ya, pero ahora estás en el desierto.
Sonrió.
—Igual deberías correr la voz. Que nadie le toque el culo a Harry. Ni a Whitt, que también lleva pistola.
—Procuraré contenerme.
—Creo que es buena gente, ese tío —dije volviendo a mirar hacia la mina—, pero no estoy segura. Cuesta confiar en los demás cuando hay tanto en juego.
—Cuesta confiar en los demás, aunque no haya nada en juego —me corrigió—. Cuando te quemas una vez, ya siempre estás chamuscado. Te cambia el instinto.
—Parece que lo dices por experiencia.
Sonrió tímidamente.
—¿Cuánto quieres que intimemos?
—Tú intima todo lo que quieras —respondí encogiéndome de hombros—. ¿Yo? Yo no te voy a confesar nada.
Miró al horizonte. El viento le removió el pelo por la frente.
—He venido aquí a cargarme mi matrimonio —contestó.