52
Regresamos a la mina y Whitt se fue a la enfermería a que le miraran los cortes y rasguños. El sol ya creaba sombras vespertinas. Cuando doblé la esquina de nuestro barracón, me encontré a Gabe. Se me acercó con gesto asustado.
—Pero ¿qué ha ocurrido? ¡Tienes una pinta horrible!
—Nos han disparado. —Me senté en los escalones, agotada—. Alguien nos ha perseguido por el valle como si fuéramos perros.
—¡Madre mía! —Miró alrededor—. ¿Y tu compañero?
—Ha ido a la enfermería. Se ha caído por un desnivel. Necesito descansar un minuto porque estoy agotada, pero luego vamos derechos a la directiva. Hay un francotirador por ahí suelto. Nadie está a salvo.
—Aquí no vas a encontrar a ninguno de los directivos —me advirtió—. Ya he intentado encontrarme con ellos por lo de Amy, pero hay una reunión en una mina del norte y todos los jefazos se han ido allí.
—Pediré la autorización de la policía si hace falta —contesté—. Vamos a cerrar este campamento hasta que concluya la investigación. —Me levanté y me tambaleé. Gabe me agarró el brazo—. Necesito un móvil, una aspirina y una copa de vino —dije.
—Lo que necesitas es un vaso de agua, me parece a mí —replicó—. Te habrá dado una insolación. Tienes los brazos completamente abrasados.
Me giró el brazo. La piel estaba superroja hasta las mismísimas yemas de los dedos. Notaba cómo empezaba a escocerme la nuca por debajo del cuello de la camiseta. Me recosté en los escalones y el grandullón se sentó a mi lado.
—Entonces, ¿ni rastro de ella?
—No —respondió—. Un par de personas la vieron en el pueblo, comprándose la cena. Alguien la trajo en coche y también la vieron camino de su barracón. Nada más.
Procuré respirar hondo. Desde que me habían dicho lo de Sam, tenía el estómago revuelto, al borde del vómito. La insolación y mi preocupación por Amy no ayudaban.
—No me puedo creer que se me haya perdido —dije—. Delante de las narices. ¿Cómo no vi que podía ser un blanco? Se me escapó como se me ha escapado el asesino en el valle. Tendría que haber ido corriendo hacia él, haber hecho todo lo posible por verlo mejor.
—Harry, ¿estás completamente segura de que era el tío al que buscáis?
—Lo miré y debí de asustarlo, porque levantó las manos en señal de rendición—.
Solo hago de abogado del diablo. ¿No sería algún capullo del desierto que quisiera echaros de sus tierras?
¿O alguien de EarthSoldiers manteniéndoos a raya?
—No pretendía deshacerse de nosotros, Gabe —gruñí—. ¡Quería matarnos! Los disparos me rozaban los putos pies. Whitt ha caído por un puto agujero en la tierra.
—Perdona —dijo—, tenía que preguntártelo. La directiva os preguntará lo mismo mañana. Insinuarán, como lo hicieron con Hon, Danny y Tori, que todo esto es una exageración.
—Y yo les estrujaré los puñeteros cuellos sebosos.
—Con eso no vas a conseguir nada. —Rio.
—Esto se me está yendo de las manos. —Me froté los ojos. Me dolían del cansancio—. Si le pasa algo a Amy, será culpa mía.
—¿Siempre te culpas de todo? —Me cogió la mano. Casi ni me di cuenta—. ¿O es solo con este caso?
—No lo sé. Es que ahora mismo me siento gafada —dije—. Pongo en peligro a todo el que se relaciona conmigo.
—Seguro que merece la pena jugársela.
Noté que me envolvía los dedos con los suyos y resistí la necesidad súbita e imperiosa de zafarme de ellos.
Toda la vida había sentido el impulso de escapar de la ternura.
Era muy arriesgado relacionarse con Harriet Blue.
Los padres adoptivos que cuidaban de mí.
Los novios que me querían y a los que dejaba por sistema y sin explicación en cuanto la cosa se ponía seria, porque solo ver el cepillo de dientes de un hombre en mi baño me parecía demasiado compromiso.
Los jefes que me contrataban, a mí, la impredecible, la del mal genio.
Hasta pensaba que Sam era inocente y algo relacionado conmigo había convertido su vida en un infierno.
Tenía que ser yo. Yo tiznaba a la gente. Llevaba el peligro a su puerta.