Nunca jamás (Harriet Blue 1) 51
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Procuré meter prisa a los que iban a llevarnos de vuelta al campamento, aunque me daba la impresión de que aquellos tipos no eran de los que hacen las cosas rápido.

Con uno de sus teléfonos satelitales, llamé a la mina.

Gabe Carter no había vuelto del pueblo. De fondo, se oían aún los avisos para Amy.

—No sé qué es peor, que guarden luto por los corderos o la hipocresía descarada de todo esto —dije—.

¿Cuánto van a tardar en biodegradarse estos cacharros?

—le pregunté a Whitt, dándole una patada a un generador mientras deambulábamos un tanto nerviosos por el campamento de EarthSoldiers—.

La tal Shamma va maquillada, te lo juro.

—Seguro que es maquillaje hecho sin maltrato animal —me dijo—. Yo no me pondría a discutir con esta gente. Se los ve muy sueltos. Te dirán que la tecnología es necesaria para su causa, un pequeño sacrificio por un bien mayor.

—Sí, bueno, ya puestos a hacer sacrificios, a lo mejor también los hacen con seres humanos.

—Nos detuvimos al borde del campamento, al otro lado del saliente rocoso—.

Por cómo ha hablado Ocean del cordero, fijo que para ellos quien lo mató es otra cosa, un enemigo.

Se toman esto como una auténtica guerra.

Además, acuérdate de lo que nos dijo Linebacker: con el numerito de la apisonadora, casi matan a alguien.

No me los imagino llevando el casco de aquel minero en su honor por haberlo aplastado.

—Quizá habría que investigar un poco —dijo Whitt.

—Estoy de acuerdo. El tirador llevaba una camisa de camuflaje desértico, un modelito que se ve mucho por aquí —comenté señalando a unas chicas sentadas en círculo al fondo de la cueva, dos de las cuales vestían, además, pantalón militar.

Salimos del campamento y nos quedamos a la sombra de la cordillera, a mirar a los conductores.

Yo solo esperaba que Gabe hubiera localizado a Amy en el pueblo.

Cada segundo que pasaba desaparecida se estaba poniendo en peligro.

No entendía cómo nadie más lo veía. Me disponía a echarles la bronca a los tíos que andaban junto a los todoterrenos cuando se me acercó aquella chica, Shamma.

—¿Habéis venido por lo de Danny? —preguntó.

—Sí. —Me centré en ella—. Y por los otros. ¿Lo conocías?

Agachó la cabeza y se rascó la maraña de rastas.

—Podría decirse que éramos amigos. Me entristeció enterarme de lo ocurrido. ¿Seguro que está muerto? O sea, tampoco sabéis si anda por ahí sin... sin un pie...

—Está muerto —dije—. El ataque del depredador fue post mortem .

—Y lamentamos mucho tu pérdida —terció Whitt dándome un codazo.

—Gracias. —Shamma se encogió de hombros y, cuando ya se iba, vaciló un instante—. ¿Os puedo enseñar una cosa?

—No tenemos tiemp...

—Claro —me cortó Whitt.

Bordeamos la cordillera detrás de la joven hasta una franja estrecha de sombra. Yo estaba deseando volver al campamento y me quedé rezagada. Cuando les di alcance, Shamma estaba arrodillada en la arena junto a un montoncito de piedras.

—Los chicos encontraron un canguro hace un par de semanas.

—Dibujó con el dedo en la arena un círculo alrededor de las piedras—.

Estaba gravemente herido. La herida había dejado de sangrar, pero el pobre animal parecía haber estado deambulando mucho tiempo, porque se lo veía agotado.

Murió aquí, en el campamento. —Whitt se acuclilló para estudiar de cerca las piedras, el montículo de tierra donde habían enterrado a la criatura—.

Le habían volado una pata de un disparo —dijo Shamma—. ¿Qué clase de persona hace algo así?