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Nuestra entrada en el campamento de EarthSoldiers se anunció con bastante antelación.
Sonó un pitido atronador. La gente se quedó allí plantada, observándonos.
Con el trajín me había torcido el tobillo y Whitt parecía salido de un accidente, pero ninguno de aquellos zarrapastrosos vino a ayudarnos.
Guardaron silencio hasta que una mujer alta de pelo gris recogido en trenzas se adelantó.
—Soy Ocean Devine, del colectivo internacional EarthSoldiers —se presentó—. Estamos en territorio indígena y tenemos permiso de los ancianos de la zona para estar aquí.
—Calma, Gandalf, que no hemos venido a complicaros la existencia —le dije—. Somos inspectores de la policía estatal y estamos investigando unas desapariciones relacionadas con la mina.
—¿Qué os ha pasado? —preguntó Shamma, la chica de las rastas de color púrpura. Un tío que no llevaba más que unos vaqueros raídos la obligó a retirarse.
—Alguien nos ha disparado —contestó Whitt—. Necesitamos vuestro equipo para informar del incidente a las autoridades. Si algunos de los vuestros andan por la zona, voy a tener que pediros que les digáis que vuelvan. Corren peligro.
—Y necesitamos atención médica —dije. Le arrebaté de las manos una botella de agua a uno de los jipis—. Madre del amor hermoso, y yo que pensaba que lo vuestro era ayudar al prójimo...
—Os permitimos entrar en el campamento si os dejáis registrar —terció Ocean.
—Adelante. A Whitt está a punto de caérsele la ropa del cuerpo de todas formas.
—Caminé sin fuerzas hasta la boca de la cueva grande en la que se habían instalado, me dejé caer en una de las mantas que había en la arena y extendí los brazos y las piernas en la lana fría y suave—.
Me duele todo. Me vais a tener que registrar aquí. No me pienso mover.
Mientras me moría en silencio tirada en la manta, unos hombres registraron a Whitt y un par de chicas me palparon sin mucho entusiasmo. Whitt se sentó cerca y Shamma abrió el botiquín.
No pasé por alto que alguna de aquellas personas podía ser el tirador.
Los observé detenidamente mientras otra chica se arrodillaba a mi lado y empezaba a curarme las manos raspadas.
El equipamiento de aquella gente no era de aficionados.
Tres de los todoterrenos tecnificados rodeaban la fachada de la cueva y por todas partes había equipos igual de caros: portátiles y teléfonos satelitales con carcasa dura, radares y generadores eléctricos...
Para ser un puñado de defensores del medio ambiente, iban muy bien pertrechados.
Salí de mi ensimismamiento cuando la chica que me estaba curando las manos partió una ramita y empezó a frotarla en un cuenco.
—¿Qué coño es eso?
—Son tallos del árbol del té —contestó la chica—. Tengo un poco de aloe vera para las quemaduras. Esto es pata de cabra —dijo mostrándome un recipiente de plástico con una pasta marrón.
—¡Pata de cabra!
—Se llama así. Es una planta medicinal del norte del estado.
—¿No tenéis medicinas de verdad? —pregunté mientras hurgaba en la caja que la chica tenía al lado.
—Somos partidarios de la intervención médica sin maltrato animal —me explicó Ocean.
Se acuclilló a mi lado—. No usamos productos farmacéuticos que deriven en parte o en su totalidad de la manipulación poco ética de animales o de los propios animales.
Así que no nos queda otro remedio que confiar en lo que podemos obtener de la naturaleza.
La chica me extendió un poco de aquel ungüento por las palmas de las manos. El dolor se me pasó de forma casi inmediata, pero no pensaba proclamarlo a los cuatro vientos.
—¿Ha venido Amy King por aquí en las últimas veinticuatro horas? —pregunté.
—Los vuestros no paran de entrar y salir de nuestro campamento —contestó Ocean desde lejos, esbozando una sonrisa—.
Con lo poco que cuidan del medio ambiente, bien que trotan para conseguir hierba, eso sí, dejando residuos por el camino, botellas de agua que tardan miles de millones de años en biodegradarse.
Permíteme una pregunta: ¿qué planes tienes para... ?
—¿... dentro de cuatro mil millones de años? —me adelanté—. Nada, criando malvas y sin tener que tragarme sermones sobre protección medioambiental.
—Ese es el problema —repuso con desdén—. Lo único que te importa eres tú, el presente.
—Lo único que me importa es Amy King —repliqué—. ¿La has visto?
—La inspectora Blue no pretende ser irrespetuosa con vuestra causa —terció Whitt, sentado por allí cerca—, pero esa chica lleva ausente desde anoche y pensamos que su desaparición podría estar relacionada con la de otros tres mineros, entre los que se encontraba su hermana, Tori.
Algunas de las chicas que estaban cerca de Whitt intercambiaron miradas de complicidad con Shamma.
—No hemos visto a nadie en las últimas veinticuatro horas —contestó Ocean.
Se colocó el pelo detrás de la oreja y vi una etiqueta de plástico que asomaba entre los mechones plateados. La lengua de la etiqueta le atravesaba el cartílago en la parte superior de la oreja.
—¿Qué coño es eso?
—¿Esto? —preguntó, poniéndose muy seria—. Esta etiqueta la llevaba un cordero australiano de ocho meses. Se llamaba B211349. Lo paralizaron con una descarga eléctrica y luego lo mataron. Lo degollaron y su cuerpo fue objeto de consumo.
Inspiré largo y hondo por la nariz.
—¿Y tú llevas su etiqueta en la oreja?
—Algunos llevamos sus nombres tatuados —dijo una de las chicas que estaba por allí, y me enseñó la cara interna del antebrazo—. En señal de luto.
No sabía si reírme o llorar y no pude evitar que aquella lucha interna se me notara en la cara.
Ocean se dio cuenta. La mujer alta y bronceada se levantó y, mientras se acercaba al grupo de hombres que estaban junto a los vehículos, otros tres volvieron del desierto, descalzos y cubiertos de polvo.
Uno de ellos llevaba pantalones de camuflaje desértico, pero no la camisa.
Cuando nos refugiamos dentro de la cueva, Ocean nos lanzó una mirada asesina, de esas que he visto tantas veces, la del que evalúa a su contrincante antes de la pelea.