Nunca jamás (Harriet Blue 1) 49
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Nos movimos con rapidez y echamos a correr hacia un grupo de rocas que nos pareció el mejor refugio disponible para ocultarnos.

El aire se cortó por una serie de disparos.

Esta vez la roca eran más grande y fue un alivio llegar al abrigo de su sombra.

Me dolían todos los músculos de las piernas.

Whitt se asomó y al instante una bala se estampó en los peñascos que teníamos a la espalda, rociándonos de polvo.

—Esto casi parece un juego —dije—. Podría habernos abatido perfectamente durante esa última carrera.

—Le he oído contar cosas así a un compañero que sirvió en Afganistán —dijo Whitt agitado—.

Había visto a los francotiradores de operaciones encubiertas que hacían las prácticas en el desierto usar a los habitantes del pueblo como piezas del juego.

Esperas a que salgan a la planicie y luego intentas llevarlos adonde quieres.

Vio a unos tíos obligar a unos adolescentes a largarse de un risco y reencaminarlos hacia otro sitio a fuerza de disparos.

—Pues entonces no nos movemos —dije—. Nos negamos a jugar. Cuando se haga de noche, echamos a correr. Salvo que...

—¿Qué?

—Que lleve gafas de visión nocturna. —Empecé a temblar otra vez—. Hay que salir de aquí, Whitt. Como Gabe mande a alguien a buscarnos, se va a meter en la boca del lobo.

—Pues habrá que seguir avanzando. —Levantó la vista a la pared del cañón—. Quizás encontramos un túnel o algo. Mira aquellos peñascos de allí. ¿Preparada? ¡Vamos!

Aunque sonara valiente, Whitt vaciló un segundo, meciéndose sobre los talones, antes de salir a toda velocidad hacia el siguiente montón de rocas.

Corrí detrás de él y hasta que no abandoné la sombra de mi escondite no empezó el tiroteo.

Patiné en la gravilla mientras los disparos cosían el suelo delante de mí.

No me quedaba otra que tirarme de bruces a un pequeño desnivel.

Pegué el cuerpo al costado de la diminuta colina.

Un escorpión dorado, impulsado hacia la superficie por mi aterrizaje, huyó de mí con la cola encogida.

Whitt estaba agazapado tras los peñascos a los que nos dirigíamos, asustado.

Ahora que el tirador nos había separado, ya no podíamos decidir en equipo.

Se tapó la cara unos segundos, pensativo.

El sol me pegaba fuerte en la nuca, abrasándome la piel ya socarrada.

Cuando levanté la vista, Whitt se estaba dando golpecitos en el pecho y apuntando al valle con el dedo a la vez que me decía algo moviendo solo la boca.

«Yo lo distraigo». Señalaba el labio de la garganta por la que nos habíamos descolgado, la pendiente que conducía al cielo, y luego se llevaba dos dedos a los ojos.

«Tú sube corriendo allí. Intenta ver quién es el tirador».

Levanté el dedo corazón. «¡Y una mierda!

Ya lo distraigo yo. Sube tú». Sabía que yo era la que más corría de los dos y que, por mi experiencia en el cuadrilátero, tendría más estabilidad entre tanta piedra suelta.

Sí, convertirme en blanco era lo más peligroso, pero no tenía tiempo para las chorradas caballerosas y desfasadas de Whitt.

Quería salir viva de allí. Whitt suspiró.

Cuando volvió a mirar, me di un puñetazo en la palma de la mano, como amenazándolo.

«Haz lo que te digo o te enteras». Se mordió el labio y sopesó sus opciones.

Antes de que volviera a amenazarlo, salió corriendo.

—Gilipollas —dije con desdén.

Me di la vuelta y subí a toda velocidad por la pared del cañón, con los músculos de las piernas agarrotados, muriéndome de dolor mientras trepaba rápido por los escalones de roca.

Mis pies resbalaban en la arena, pero gané altura enseguida y ya casi estaba llegando cuando oí que los disparos acribillaban la parte inferior.

Me agarré al último saliente y, echándome a tierra, me deslicé junto a un grupo de rocas.

Vi a Whitt corriendo como un rayo mientras los disparos se colaban entre las piedras y le pasaban espantosamente cerca de la cabeza.

Exploré el perfil de las montañas y vislumbré el hombro del francotirador mientras cambiaba de ángulo para apuntar al objetivo.

Un brazo largo cubierto por un uniforme militar de camuflaje.

La sombra de un peñasco le ocultaba la cara.

Tras un breve silencio se produjo un disparo que resonó por todo el valle.

Oí gritar a Whitt y me pareció que resbalaba, desapareciendo de mi vista.

—¡Whitt! —grité.

El tirador me lanzó una lluvia de balas que destrozaron la pequeña elevación de rocas que tenía delante.

Me quedé tumbada, con la cara entre las manos, esperando a que cesara el ruido.

Y así fue. Cuando levanté la vista, el brazo y la figura en sombra se habían esfumado.

Volví a deslizarme valle abajo. No escuchaba ningún ruido por donde había visto a Whitt por última vez, ni tampoco disparos que cosieran la tierra a mi paso.

—¡Whitt!

Corrí por la arena lo más rápido que pude.

El suelo que pisaba estaba en pendiente y frené en seco al borde de una inmensa grieta en el desierto.

Whitt subía con dificultad del estrecho saliente al que había caído, al borde del colosal precipicio.

El viento que brotaba de aquella hondura negra me pasaba rozando.

Mi compañero llevaba rasguños y magulladuras en cada centímetro de piel visible. Le corría la sangre por la mejilla.

—¿Estás bien?

Whitt se miró la camisa desgarrada a la altura del hombro, el puño izquierdo había desaparecido... Las palmas de las manos heridas iban dejando huellas de sangre sobre la tela sucia.

—A tomar por culo —dijo con un aspaviento y una sonrisa en los ojos—. ¡A tomar por culo la camisa!