48
Al cabo de quince minutos dejaron de temblarme las extremidades, pero no desapareció la tensión y me dolían todos los músculos.
Estábamos agazapados detrás de una roca que apenas nos llegaba por la cintura.
Habíamos intentado desplazarnos hasta un sitio más seguro, pero al movernos volvieron los disparos y saltaron por los aires más pedazos de arcilla seca.
—No son los activistas, eso seguro —dijo Whitt.
—Solo Gabe Carter sabe que estamos aquí —contesté—. Salvo que nos haya estado vigilando alguien todo este tiempo.
—A lo mejor la misma persona que te ha robado las pastillas —espetó él.
Resoplé y expulsé arena y polvo por la nariz. Me dieron ganas de replicar, pero no era el momento de pelearme con Whitt, estando en juego la vida de los dos. Si queríamos salir vivos de esa, íbamos a tener que trabajar en equipo.
El sol iba trepando por el cielo y cociéndome los antebrazos desnudos y la nuca.
Bebimos a sorbitos de la botella de agua que nos quedaba y nos echamos más crema, pero estábamos completamente expuestos al sol y, si seguía subiéndonos la temperatura corporal, nos iba a dar una insolación.
A los veinte minutos, ya respirábamos por la boca, con inhalaciones cortas, y llevábamos la ropa empapada en sudor.
Con la espalda pegada al peñasco, me deslicé por él hasta sentarme. Whitt hizo lo mismo.
—Pues menuda mierda —dijo de pronto.
Se me escapó una carcajada. No le pegaba para nada esa expresión. Me estuve riendo como un minuto. Cuando lo miré, le vi en la cara una especie de alivio de que la tensión que había entre nosotros se hubiera disipado, aunque fuera momentáneamente.
—No soy una amenaza para ti —me dijo.
—Lo que tú digas.
—De verdad que no. No he venido a la mina por ti.
—¿Y por qué mientes?
Se limpió la cara con la camiseta y se escondió un rato en sus pliegues oscuros. Cuando ya pensaba que no me iba a contestar, levantó la cabeza y habló.
—No estaba en la Brigada de Estupefacientes de Perth —dijo—.
Estaba en Homicidios —confesó muy a su pesar, mirándose las manos en el regazo—.
Hace un par de años llevaba el caso de una niña asesinada, una cría de siete años.
Un camionero encontró el cadáver en una zanja.
Todas las pistas conducían hasta tres hermanos vinculados con la pornografía infantil.
Un asunto muy turbio. Me dejó bastante tocado un tiempo.
Tuve dos compañeros distintos. Ninguno de los dos lo aguantó. Por las pesadillas.
—Imagino —dije.
—No encontraba el modo de pillar a esos tíos.
Eran escurridizos como anguilas. Cada vez que creía que tenía algo se me escapaban de las manos.
Su padre era abogado, uno muy imaginativo.
Los perseguí durante un año, completamente obsesionado.
Elegía uno de ellos y lo seguía en mis días libres con la esperanza de que me condujera a algo.
No hablaba de otra cosa, más que de los hermanos Cattair.
A los pocos meses, mis amigos empezaron a alejarse de mí.
Me sentía solo y, ya sabes, hay una amiga que nunca te falla —dijo con una sonrisa amarga.
—La botella —tercié yo.
—Esa misma.
—¡Qué lío! —me sorprendí comentando entristecida.
—La cosa se complicó aún más —añadió—. Mi vida entera se desmoronaba.
Tenía el apartamento hecho un asco. Me pasaba días sin ducharme ni comer.
Era como si mi éxito o mi fracaso como ser humano dependieran por completo de esos tres tíos.
Así que... me la jugué. Falsifiqué las pruebas.
—No podía creer lo que me estaba contando.
Casi me había olvidado de dónde estábamos, del francotirador.
El calor hacía que todo pareciera surrealista.
Veía destellos blancos con el rabillo de los ojos y me reventaba la cabeza—.
Me salió mal, claro —continuó—. De hecho, fue un desastre de proporciones tan colosales que intervinieron los federales y amenazaron con encerrarme.
Se ocultó descaradamente, y solo por eso conseguí conservar mi empleo.
Pero los hermanos Cattair ahora son intocables. Jamás los juzgarán por lo que hicieron.
Se mordió el labio, exploró el inmenso cielo azul.
—Ahora soy muy particular —dijo—. He pasado del abandono total de mi persona a todo lo contrario.
Si mi vida no está completamente organizada, controlada, tengo la sensación de que todo se va al garete.
Algo tan insignificante como una camisa mal planchada me descoloca, me hace sentir que estoy descarrilando.
Cuando falsifiqué las pruebas, Blue, desconecté de todo: de mis principios morales, de mí mismo...
Perdí la noción de la realidad. ¿Y si me vuelve a pasar? ¿Y si hago algo peor?
Entendía lo que decía sobre asir con fuerza las riendas de la vida.
Yo había tenido, durante días, la sensación de haber perdido el control de la mía.
A lo mejor mis sospechas sobre Whitt habían sido fruto de esa obsesión de la que hablaba él, de esa necesidad desesperada de agarrarme fuerte a algo.
—No veo las noticias porque no quiero saber nada de ellos, de los hermanos Cattair —dijo—. Volverán a asesinar. Sé que lo harán. Y, cuando suceda, será culpa mía. Ahora mismo andan sueltos por mi culpa.
—Intentabas hacer lo correcto —le dije cogiéndole la mano.
—Soy policía —contestó apartándose—. No tengo excusa.
De pronto Whitt se desplomó hacia delante y oí el típico chasquido de un arma. Jadeó y se acuclilló como pudo, agarrándose el brazo. Se hurgó en el tejido desgarrado. Un rasguño.
—Ha dado la vuelta —dijo Whitt, levantando la vista a la pared de la garganta—. Hay que salir de aquí.